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El horror cobra forma en la guerra. El baile cobra forma en el movimiento. Combinar ambos binomios en un ejercicio enigmático, armónico y hasta bello, puede ser un suicidio artístico. Al contrario, “Bailaora” consigue quedarse en la memoria tanto por la dureza de su trama como por su brillantez formal, pletórica de lírica elegíaca.Bailaora_Cortometraje_Rubien Stein

Lo descubrí gracias a su nominación a los premios Goya 2019 en la categoría a mejor cortometraje de ficción. No lo consiguió, pero el sello de garantía de haber llegado hasta esa difícil final siempre otorga una difusión extra. El pasado domingo era su último día de visionado disponible en Filmin. Llegué a tiempo. Impresionada sigo.

Su director, guionista y productor moralo Rubin Stein, cierra con “Bailaora” su trilogía de cortos de suspense “Luz & Oscuridad”, donde, en un estilizado blanco y negro, aborda el lado tenebroso del ser humano. Lo inició con “Tin y Tina” (2013) (puedes verlo íntegro aquí), donde se ocupaba de la familia a través de un truculento juego, pleno de humor negro, entre dos hermanos con reminiscencias de los niños de “El pueblo de los malditos”; allí, un único plano secuencia de progresivo cierre de encuadre resultaba suficiente para recrear las primeras consecuencias de la semilla del mal, al estilo de Haneke en su maravillosa “La cinta blanca“. Continuó con “Nerón” (2016), centrado en la política y sus abusos personalistas a través de la trama entre un político superviviente de un incendio donde pierde a toda su familia y la periodista encargada de entrevistarle. Ambos contienen elementos (el lado siniestro de la infancia, el cuerpo vendado del político) que convergerán en la pieza que concluye la trilogía focalizando su mirada en esa enfermedad que parece no tiene cura: la guerra.Cortos Luz y Oscuridad_Rubin Stein_Neron_Tin y Tina

“Bailaora” arranca con un prólogo demoledor: imágenes del lanzamiento de la bomba atómica y de los efectos reales en niños y niñas víctimas. Marco que contextualiza una historia de tintes expresionistas que nos atrapa en su espiral de tragedia intemporal. El relato se articula en medida progresión de misterio, iniciado por cuatro soldados con máscaras de gas que inspeccionan un devastado pueblo sembrado de cadáveres (con ecos de lugares de nuestra historia pasada, como las pervivientes ruinas de Belchite). Rubin Stein_Cortometraje_Bailaora

Los detalles se suceden componiendo toda una pintura negra. Los soldados son nuestros principales ojos, capturada su atención (con un hábil zoom violento) en esa iglesia con un portón fuertemente encadenado. A la curiosidad le sucederá la sorpresa por la niña vendada que encontrarán dentro. A partir de aquí una fascinante coreografía de luces y sombras, danza macabra y sonidos casi rituales (atención a ese ritmo de acompañamiento de los militares, como meros instrumentos o peones de un brutal destino), nos envolverá en su tenso avance a un final imprevisible. Rubin Stein_Cortometraje_Bailaora

Rubin Stein_Cortometraje_Bailaora

La bailaora del título la encarna, en contundentes movimientos, la niña Ana Blanco, que ya aparecía en “Tin y Tina”

Hay más infantes ocultos. Un futuro retenido, amenazado. Y el baile como posible escapatoria, como salvación; o el arte desafiando a los cuatro jinetes del Apocalipsis en un polifacético retrato con pinceladas de clásicos del cine de terror (desde “El exorcista” a “El laberinto del fauno“).Rubin Stein_Cortometraje_Bailaora

Un baile hipnótico y unos zapatos que son todo un símbolo de toma de tierra cuando todo a su alrededor se desmorona y desaparece… Y la torre de una iglesia, erguida testigo de todos los acontecimientos, con su campana que tañe, suave, impulsada por el viento ¿o por el tiempo? como susurrando: “memento mori”.

“Bailora”, con su medida mezcla de géneros, encadenado de planos exquisitamente compuestos y atmosférico ambiente de inquietud in crescendo, es susceptible de múltiples interpretaciones, pero es difícil que deje indiferente, pues sabe dejar su huella de elocuente alegato contra la destrucción provocada por la peor faceta del ser humano.

El sueño de la sinrazón bélica siempre produce monstruos.