Categorías: Opinión

‘Sueños de trenes’: Robert Grainier, una vida ordinaria, una vida épica

.- Hubo un tiempo en el que existían pasadizos hacia el viejo mundo: senderos extraños, caminos ocultos. Doblabas una esquina y, de repente, te encontrabas cara a cara con el gran misterio, el fundamento de todas las cosas. Y aunque ese viejo mundo ya no existe, todavía puede sentirse su eco.

Todo esto ocurre en los primeros cuatro minutos de la película, narrados con la magnífica voz en off del actor Will Patton, que describe la enormidad y la belleza de los paisajes del Oeste americano como si fueran un personaje más. Son paisajes de principios y mediados del siglo pasado: un camino en medio del bosque, una vía de tren… todo visto a través de los ojos de Robert Grainier (Joel Edgerton), quien los recorre a lo largo de sus más de ochenta años de vida.

Adolpho Veloso, director de fotografía, utilizó la hora mágica durante gran parte del rodaje; es decir, esos momentos en los que se aprovecha al máximo la luz natural, justo antes y después del amanecer y del atardecer. Una luz suave, cálida y de bajo contraste, que crea tonos dorados, rosados o azules intensos, permitiendo captar contraluces o dibujar siluetas. Con ella, Veloso buscaba mostrar un entorno poético en diálogo con la naturaleza, evocando en ocasiones el estilo del director Terrence Malick.

Robert nunca supo con certeza en qué año nació, ni siquiera el día. Nada le llamó nunca mucho la atención hasta que conoció a Gladys Olding.

Robert llevaba una vida ordinaria y convivía con la idea de no ser merecedor de la felicidad… hasta que encontró a Gladys (Felicity Jones). Su llegada fue una bendición Y, sin embargo, habitaba en él la certeza de que aquello no duraría, y de que, de algún modo, acabaría siendo castigado por ello.

Las escenas más luminosas de la película nacen precisamente de esos momentos compartidos: Robert con su hija Kate, o junto a Gladys. En ellas, su rostro se transforma; aparece sonriendo, incluso riendo, lejos de ese gesto serio y callado que lo define durante el resto del metraje. Gladys, además, adquiere aquí mucho más protagonismo que en la novela, aportando una mayor humanidad al de Robert.

Otra fuente de emoción para Robert son las conversaciones que mantiene con Arn Peeples (William H. Macy), un dinamitero al que conoce en las cuadrillas con las que trabaja talando árboles y construyendo vías de tren. Peeples habla sin parar, relatando sus andanzas por todo el Oeste, casi siempre sin que sus compañeros le presten atención. En estas charlas surge una idea recurrente: los árboles, dice, algún día se defenderán de la tala y nunca podrá acabarse con ellos. Aparece así el tema de la contradicción y la resiliencia: la naturaleza lucha y se defiende.

Estas conversaciones íntimas se desarrollan, sobre todo, junto a la hoguera, con las chispas saltando y una luz tenue que se refleja en los rostros de los protagonistas. Velas y hogueras forman parte también de la iluminación natural empleada por el director de fotografía, reforzando el tono cálido y recogido de las escenas.

En este contexto destaca especialmente el uso del zoom: la escena comienza con un primer plano de Peeples y, muy lentamente, la cámara se aleja, mostrándolo aún hablando mientras los demás continúan con el trabajo duro. Se crea así un contraste entre la velocidad de su discurso y la pausada retirada de la cámara, subrayando su situación dentro del grupo.

Edgerton posee un rostro duro y marcado por el sufrimiento, que el espectador puede recordar de su meticuloso y silencioso Narvel Roth en El maestro jardinero (Paul Schrader, 2022). Transmite el dolor de una persona cansada, pero también llena de curiosidad. En conjunto, todo el reparto realiza un trabajo extraordinario en la película.

Con la aparición de un gran incendio de tremendas consecuencias, la vida de Robert da un vuelco. La luz anaranjada y amarilla, deslumbrante al principio, se torna en un oasis de cenizas grises y devastación, bajo un cielo cargado que poco a poco se irá abriendo para permitir que la vida crezca de nuevo.

Robert experimenta alucinaciones muy vívidas que lo acompañan en su soledad y le ayudan a sobrellevar el paso del tiempo. En ellas encuentra un espacio para reflexionar. Todo envuelto en el tono profundamente melancólico de la maravillosa banda sonora de Bryce Dessner.

El mundo necesita al ermitaño del bosque, tanto como al cura en el púlpito.

Grainier sale de su cabaña en varias ocasiones a lo largo de la película en un plano fijo y oscuro, donde la única luz entra desde el exterior a través de la puerta. Una imagen que evoca inevitablemente a Ethan Edwards (John Wayne en Centauros del desierto, de John Ford, 1956). Al igual que Edwards, Grainier es un hombre solitario, al que le cuesta integrarse plenamente en la sociedad, que disfruta con su soledad, confinado en ese “salvaje exterior”.

La película presenta un desarrollo lineal, a diferencia de los numerosos saltos temporales de la novela corta de Denis Johnson (2011), que Bentley y Greg Kwedar adaptan a la gran pantalla. Apenas hay referencias explícitas al paso del tiempo: una guerra mundial ocurre, aludiéndose a ella sin ser mostrada. Tanto la película como la novela comparten ese carácter profundamente introspectivo. La modernidad solo asoma en las escasas visitas de Robert a la ciudad. El propio director ha confesado que la película cambió considerablemente durante el montaje, incluyendo un final distinto que descubrió al enfrentarse al material rodado.

En este, su segundo largometraje, Clint Bentley busca que el espectador conecte con la historia a través de la belleza de la naturaleza, pero también de su fragilidad ante los peligros: la tala de árboles, los incendios… una clara resonancia con las preocupaciones actuales sobre el cambio climático. La película habla del dolor de la naturaleza, pero también de su resiliencia.

Train Dreams es, en el fondo, una obra esperanzadora. Propone que, en lugar de huir del dolor o intentar superarlo con rapidez, nos detengamos a recordarlo, a mantener vivos a quienes hemos perdido. Invita a regresar a tiempos más simples para comprender mejor nuestro presente, la tragedia y la soledad frente al vértigo imparable de la modernidad.

…en aquel día de primavera, mientras perdía el sentido de lo que estaba arriba y lo que estaba abajo, se sintió, por fin, conectado a todo.

Disponible en Netflix

Sobre la canción de los créditos finales:

Train Dreams, de Nick Cave & Bryce Dessner

Joel Edgerton propuso a su amigo Nick Cave colaborar con Bryce Dessner en la banda sonora del film. Cave, en un primer momento reticente, sin querer entrometerse en el trabajo de Dessner, decidió finalmente llamarlo y le propuso la canción Train Dreams, que cierra la película. Cave la escribió inspirándose en unos sueños muy vívidos que experimentó tras verla y con el recuerdo del libro de Denis Johnson muy presente. Según el propio Cave, “la letra apareció en mi cabeza al día siguiente, tal cual está ahora”.

The space that connects me where I am now
To the place where I’ll one day be
It’s measured in the words that we speak
And the strange and wondrous things I’ve seen
It’s measured in truth, it’s measured in love
Measured in a tendency to pain
It’s measured by a girl in a field of flowers
Screaming, «Dream of a midnight train»
This has been going on for years, years
And years and years and years and years and years and years and years
I can’t begin to tell you how that feels.

Escucha la canción íntegra en este enlace.

Ficha técnica

Estados Unidos, 2025

Título original: Train Dreams 

Dirección: Clint Bentley

Guion: Clint Bentley, Greg Kwedar (adaptación del libro del mismo título de Denis Johnson)

Reparto: Joel Edgerton, Felicity Jones, William H. Macy, Kerry Condon y Will Patton (narrador)

Fotografía: Adolpho Veloso

Montaje: Parker Laramie

Música: Bryce Dessner

Compañías: Black Bear y Kamala Films. Distribuidora: Netflix

Duración: 102 minutos

Pilar Oncina

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