Macías, que en un principio había pensado en hacer un documental, se ha atrevido a abordar un tema peliagudo y difícil desde la atalaya de la luminosidad. Un resto de su primer planteamiento es la original manera que tiene de narrar la historia con diferentes voces en off puestas en boca de cada una de las tres protagonistas.
Su valentía consigue que cada plano confronte al espectador con una realidad incómoda y difícil de digerir, pero que, sin embargo, se saborea como un caramelo de colores, envuelto en un papel de celofán de amargura e injusticia, que se deshace en la lengua. El mensaje de refulgente y desgalichada poesía se paladea cual píldora de Mary Poppins. Y eso se consigue, en la trama, gracias a la historia de amistad de tres chicas desheredadas y rotas, que no importan a nadie, y mucho menos a sus familias. Tiene mucho que ver la interpretación de tres actrices debutantes: Julieta Tobío, Salua Hadra y María Steelman, arropadas por algunos secundarios que brillan con luz propia, caso de la cantante La Fanny, en un papel de atrayente villana.
Sobre la puesta en escena, la clave reside en un uso magistral del fuera de campo que sugiere, sin regodearse, verdades como incómodos puños que sonrojan y escuecen. Atención, sobre todo, a las escenas del traslado de los niños a una fiesta y su vuelta.
En cuanto a todo lo que rodea a este fangoso problema, ha hecho bien Macías en centrarse en lo sustantivo, valorando el papel de los educadores sociales que, con certeza, hacen lo que pueden para que la falta de recursos no asfixie ni embarre. Esta decisión pone de manifiesto quiénes son los verdaderos responsables de este hedor a podrido. Nada puede redimir a aquellos que se olvidan deliberadamente de los desheredados.
Los ritmos urbanos con sus letras dando en el clavo, donde se aúnan aceptación, desesperanza y brillantez, no descartan, con el golpe seco de cada verso, que la puerta se abra para atisbar un posible final feliz. No, no nos engañemos, el espectador no es tonto y sabe lo que esperar de las instituciones que hacen oídos sordos a ciertas realidades. Pero, ¿por qué no salir de la sala de cine, con los interrogantes por bufanda, y desear que chicas como las protagonistas (que se sienten culpables a la vez que utilizadas) puedan permitirse, como otras chicas de su edad, llegar solas a su casas cerrando sin peligro la puerta tras de sí?
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Qué bien narrado, descrito, preguntado y respondido.
A veces la ficción golpea más fuerte que el documental, cuando todo está contado y tratado con inteligencia y criterio.
Besos gordos y apretaos, mi Pilarica.