Categorías: Opinión

El arte como amansador de fieras: ‘Baltimore’

No conviene caer en la trampa de pensar que todas las frases manidas carecen de valor. Una de las más célebres, aquella que advierte que “un pueblo que ignora su historia está condenado a repetirla”, conserva toda su vigencia. En este sentido, el cine puede convertirse en un valioso antídoto contra el olvido: rescata episodios y personajes que invitan a la reflexión y, sobre todo, ofrece a las nuevas generaciones una puerta de entrada hacia el conocimiento histórico. Porque una película puede despertarles la curiosidad por pasados hechos reales, quizá más formativos y edificantes que el último reto viral en TikTok.

Tal es el caso de Rose Dugdale, una mujer de noble familia británica, educada en Oxford, culta e inteligente, que se radicalizó tras la masacre del Domingo Sangriento de 1972, cuando soldados británicos acribillaron a 26 civiles desarmados durante una marcha de protesta en Derry, Irlanda del Norte.

La película Baltimore recrea el audaz robo de 19 pinturas —de maestros como Velázquez, Goya, Rubens y Vermeer, entre otros— perpetrado en la mansión Russborough, en el condado de Wicklow. Los asaltantes, vinculados a una organización terrorista, exigieron un rescate de 500.000 libras y la liberación de varios presos a cambio de no destruir las obras de arte.

Es muy probable que uno de los mayores encantos de la película haya surgido de manera involuntaria. Me refiero a una suerte de costumbrismo anglo-irlandés que impregna todo el metraje: está presente en el retrato minucioso de los miembros del servicio de la imponente mansión —desde el mayordomo hasta el hijo del chef—, en los encorsetados Lord y Lady Beit, dueños de la propiedad, y en los pintorescos habitantes del condado de Cork, donde los terroristas ocultaron su botín; entre estos últimos destacan el casero que les da cobijo, el agente de policía local y, sobre todo, la entrañable dueña del newsagents, ese híbrido tan británico de pub, estafeta de correos y estanco.

Estos personajes —especialmente los corkianos, con su inconfundible acento y retranca—, junto con los compañeros de Dugdale, Dominic y Martin (Tom Vaughan-Lawlor y Lewis Brophy), protagonizan algunos de los diálogos más curiosos del filme. En sus conversaciones sobre arte, o sobre las normas de etiqueta del “perfecto terrorista” y las reglas de cortesía que deberían imperar en todo acto violento o vandálico, parece que estuvieran citando pasajes del Debrett’s, el manual británico por excelencia del buen estilo y el protocolo. Sus intercambios bordean la caricatura y la ingenuidad, aunque no faltará quien los juzgue ridículos o fuera de lugar si se ha descolgado de la narración a esas alturas. Puede ser. Pero no olvidemos que, para muchos espectadores, resultó perfectamente asumible que Benigni explicara a su hijo en La vida es bella (1997) que el horror de un campo de concentración era, en realidad, un juego. Y el público, lejos de escandalizarse, acudió en masa al cine.

Nada de ello funcionaría, sin embargo, sin el rostro angelical y el acento francés impostado de una absolutamente convincente Imogen Poots, que encarna a Rose con una mezcla de candidez y determinación: una suerte de Blancanieves ingenua, adorada por sus enanitos apandadores y experta, eso sí, en obras de arte.

En el capítulo de las decisiones menos afortunadas, cabe señalar el uso reiterado de la pantalla partida en varias escenas, un recurso que da la sensación de estar viendo un telefilme de los años setenta —tipo Los ángeles de Charlie—, sin que quede del todo claro su propósito. Tampoco ayuda cierta música de misterio que irrumpe en momentos desconcertantes, como si la partitura hubiera extraviado las instrucciones del guion.

Y luego está el final, de esos tan detestados por el insigne crítico Jordi Costa: frases explicativas sobre un fondo rojo hiriente que detallan qué ocurrió después, arruinando el placer del espectador de descubrir esos datos por su cuenta, quizá durante las cañas posteriores a la proyección.

Esta elección del desenlace resulta aún más desconcertante si se tiene en cuenta uno de los grandes aciertos de la película: su montaje. Firmado por los propios directores —también autores del guion—, construye un relato no lineal que alterna momentos de la historia con una fluidez notable, componiendo un auténtico mosaico de recuerdos y pensamientos que habitan la mente de Rose Dugdale.

En cualquier caso, hay algo incorruptible e irresistiblemente fascinante en el idealismo de esta mujer, doctora en Economía, que no dudó en donar su apartamento en Chelsea y toda su herencia a la causa, convencida de que nada había hecho para merecer tales posesiones. Nunca se apeó del carro, y permaneció fiel a sus principios hasta su fallecimiento, en marzo de 2014.

Tampoco se sabe —quizá se trate de uno de esos elementos ficcionados a los que aluden los títulos finales— si es cierto que dos de las presas condenadas a cadena perpetua cuya liberación se reclamaba, las hermanas Dolours y Marian Price, pidieron que las pinturas no fueran destruidas, alegando que no debía privarse a las generaciones futuras del placer y el aprendizaje que su contemplación podía ofrecer.

Queda, pues, en manos del espectador más curioso emprender la pesquisa sobre el destino de aquellas obras, entre las cuales figuraba Una dama escribe una carta con su sirvienta, de Johannes Vermeer.

Disponible en Filmin

FICHA TÉCNICA

Irlanda y Reino Unido, 2023

Título original:

Dirección, guion y montaje: Christine Molloy y Joe Lawlor

Reparto: Imogen Poots, Tom Vaughan-Lawlor, Lewis Brophy, Jack Meade, Patrick Martins, Dermot Crowley, Andrea Irvine

Fotografía: Tom Comerford

Música: Stephen McKeon

Compañías: Desperate Optimists, Samson Films. Distribución: Bankside Films

Duración: 98 minutos

Pilar Merino

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