En el capítulo de las decisiones menos afortunadas, cabe señalar el uso reiterado de la pantalla partida en varias escenas, un recurso que da la sensación de estar viendo un telefilme de los años setenta —tipo Los ángeles de Charlie—, sin que quede del todo claro su propósito. Tampoco ayuda cierta música de misterio que irrumpe en momentos desconcertantes, como si la partitura hubiera extraviado las instrucciones del guion.
Y luego está el final, de esos tan detestados por el insigne crítico Jordi Costa: frases explicativas sobre un fondo rojo hiriente que detallan qué ocurrió después, arruinando el placer del espectador de descubrir esos datos por su cuenta, quizá durante las cañas posteriores a la proyección.
Esta elección del desenlace resulta aún más desconcertante si se tiene en cuenta uno de los grandes aciertos de la película: su montaje. Firmado por los propios directores —también autores del guion—, construye un relato no lineal que alterna momentos de la historia con una fluidez notable, componiendo un auténtico mosaico de recuerdos y pensamientos que habitan la mente de Rose Dugdale.
En cualquier caso, hay algo incorruptible e irresistiblemente fascinante en el idealismo de esta mujer, doctora en Economía, que no dudó en donar su apartamento en Chelsea y toda su herencia a la causa, convencida de que nada había hecho para merecer tales posesiones. Nunca se apeó del carro, y permaneció fiel a sus principios hasta su fallecimiento, en marzo de 2014.
Tampoco se sabe —quizá se trate de uno de esos elementos ficcionados a los que aluden los títulos finales— si es cierto que dos de las presas condenadas a cadena perpetua cuya liberación se reclamaba, las hermanas Dolours y Marian Price, pidieron que las pinturas no fueran destruidas, alegando que no debía privarse a las generaciones futuras del placer y el aprendizaje que su contemplación podía ofrecer.
Queda, pues, en manos del espectador más curioso emprender la pesquisa sobre el destino de aquellas obras, entre las cuales figuraba Una dama escribe una carta con su sirvienta, de Johannes Vermeer.