Categorías: Opinión

El temblor de la falsificación: ‘Marco’

Pilar Merino

.- Es muy raro que suceda. Pero cuando pasa es deslumbrante. Como ejemplo, Judi Dench, y entre los últimos, David Verdaguer y Pepe Lorente. Una actriz maestra del asunto es Meryl Streep. Ahora le ha sucedido a Eduard Fernández. Viene a ser una simbiosis alga-hongo, una especie de liquen rara avis, un juego de espejos en virtud del cual el espectador debe pellizcarse para saber si está delante de la persona o del personaje. ¿Se darán ellos cuenta: Judi Dench-Isabel I de Inglaterra, Meryl Streep-Thatcher en The Iron Lady (Phyllida Lloyd, 2011), David Verdaguer-Eugenio en Saben aquell (David Trueba, 2023) o Pepe Lorente-Mauricio Aznar en La estrella azul (Javier Macipe, 2023)? ¿Cómo habrán conseguido esa mímesis, manteniendo la esencia de la persona de la que se han investido, a la par que nos envuelven en un ejercicio de creación con sello propio?

En el largometraje dirigido por Aitor Arregi y Jon Garaño, Eduard Fernández se mete en la piel de un señor inclasificable cuyo caso tuvo bastante repercusión en España. Se trata de Enric Marco Batlle, un sindicalista que falseó datos de su biografía para aparecer como superviviente del campo de concentración de Flossenbürg  (Baviera) durante la Segunda Guerra Mundial. Marco, presidente de la Amical de Mauthausen, escribía libros, impartía conferencias y conmovía auditorios enteros en colegios y otras instituciones dando a conocer la situación de los supervivientes republicanos presos en los campos que, tras ser liberados al final de la Segunda Guerra Mundial, no fueron reclamados por España, quedando en el limbo, fruto de una amnesia colectiva decretada por el dictador Francisco Franco. Tras restaurarse la democracia, Marco fue clave a la hora de dar visibilidad a estos hechos. En un momento dado el historiador Benito Bermejo destapó con datos fehacientes que la trayectoria vital de Marco había sido fruto de la impostura.  Aparentemente no lo hizo por afán crematístico sino por dar a conocer una realidad que le parecía que estaba olvidada.

Tras el visionado de la película, un cierto sector de espectadores pensará que tampoco habría sido para tanto. Pues, si el resultado final determinó que la causa defendida gozó de una difusión impensable sin la labor jugada por Marco, ¿cuál era el problema? Al fin y al cabo, contamos con más muestras en nuestros no tan remotos días, caso de políticos muy venerados, véase el antiguo alcalde de Madrid, jurista, catedrático de Derecho y miembro de la Real Academia de la Historia, don Enrique Tierno Galván, “el viejo profesor”, que se inventó una fantasiosa biografía que en nada ha terminado mermando su reputación. En este sentido, Marco, lejos de esconderse, tuvo una curiosa reacción. Una espléndida elipsis a modo de bodegón casero servirá de transición para un singular desenlace.

Una anécdota más, relacionada con la génesis de la película, refleja el genio y figura de este catalán, fiel en todo momento a su particular modo de encarar las cosas: los directores llevaban desde 2006 en conversaciones con Marco para llevar a cabo un documental, este les comentó que partía para Alemania y que a su vuelta hablarían. En ese momento los directores averiguaron que estaba en tratos con otro director para hacer otro largo diferente.

Marco es una película de estructura lineal centrada en el momento del desenmascaramiento de su protagonista, que quizá no aporte gran cosa en cuanto a contenido si se está familiarizado con los libros relacionados con la figura de tan controvertido personaje, incluido El impostor de Javier Cercas, novelista que hace un cameo en la película, pero que se ve con interés gracias, no solo a la interpretación de Eduard Fernández, sino también a la sutil y eficaz aportación de Nathalie Poza en el papel de Laura, esposa de Marco.

En la novela El temblor de la falsificación, Patricia Highsmith aborda el tema de si los seres humanos creamos nuestra propia personalidad y nuestros valores o si, por el contrario, es la sociedad la que lo hace. Para ello se sirve del personaje de un novelista que termina atrapado en una historia que deambula entre los límites de lo que es o no moral, engullido por un alter ego que se inventa.

Y es que con relativa frecuencia nos esforzamos por elegir héroes que muestran como humanos las costuras de sus imperfecciones. Y después nos sorprendemos de por qué estos quijotescos y cojos Ícaros arrastran consigo tanto sus maltrechas existencias como lo pertinente del mensaje de alguna causa que era más que lícita y merecedora de ser reivindicada.

Pilar Merino

Ver comentarios

  • Ay mi Pilarica, gran inicio, núcleo y conclusión.
    Habrá que darle a Eduard el premio que se merece todos los años de manera vitalicia.

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