Siguiendo sus primeros cinco años asistimos a un relato compacto en una evolución perfectamente creíble, en la que cualquiera que haya vivido una larga relación en pareja podrá sentirse identificado. Porque el amor, con el transcurso del tiempo, se ve expuesto a múltiples carcomas que amenazan con agujerearlo. Ahí reside el gran desafío.
Por eso la trama narrativa, reactualizando la relación de Óscar y Ana en cada nuevo año, se erige en ejemplo de historia de historias, corriente y, a la par, universal. Con el acierto añadido de exponernos un muestrario diverso de otras parejas que sirven de espejo a la protagonista, que las contempla en fugaces escenas (acompañadas de planos fijos ante cámara que nos interpelan) fantaseando qué fase de su amor atravesarán, en una comparativa personal que revela cómo nos valoramos usando a los demás. Tampoco falta, en el episodio en torno a la cena de Nochevieja junto a los padres respectivos, el cotejarse con sus formas de ser y su estado actual afectivo; una forma de responsabilizar a terceros y liberar culpas.
Visualmente, aunque predomine mucho primer plano, identificado con el lenguaje televisivo, ello no debe sentirse tan determinante como cuánta emoción se nos transmite en él, con independencia de su escala. De hecho, hoy en día, cuando una serie nos captura acostumbramos a consumirla casi (o sin el casi) de tirón, con lo que, en experiencia, se articula como una película de larga duración. Incluso “Los años nuevos” se permite el guiño a estas con el largometraje que Óscar y Ana tienen previsto disfrutar en la Nochevieja en que todo les sale mal, que no es otro que “La mejor juventud” (Marco Tullio Giordana, 2003), de 366 minutos.
Banda sonora y humor constituyen otras dos sobresalientes señas de identidad de “Los años nuevos”. La banda sonora porque no solo marca los cambios temporales, también juega como atmósfera y letra potenciadora del trayecto sentimental de sus protagonistas. Así, en su rico listado, ya solo en la primera parte escucharemos, entre otros, a Nacho Vegas con «La noche más larga del año» y «La gran broma final», McEnroe con «La electricidad», Triángulo de amor bizarro con «Seguidores» y Joe Crepúsculo con «Toda esta energía». Por otro lado, los diálogos contienen muchísimo humor, diálogos inteligentes y de reales resonancias, luminosos en sus ironías y sentencias, no en vano lo grave se aligera con humor, relajante tónico para cualquier situación. Risa que también contiene, en más de un momento, una especial emoción.
Todo rezuma verosimilitud. Con lo que todavía contrasta más el ‘momento David Lynch’ que transcurre en el episodio 5, ambientando (y rodado) en Berlín, donde se recrea una noche invernal en la que la pareja decide disfrutar del nuevo año, y de sus respectivos cumpleaños, en una popular macrodiscoteca; experiencia que marcará un punto de inflexión en su relación, con un inquietante personaje y su peculiar vaticinio.