‘Los años nuevos’: brillante retrato audiovisual sobre las relaciones de pareja
Una serie con vocación de magna obra cinematográfica. Una serie que habla del amor y sus derivas con extraordinaria verosimilitud y una perfecta química entre sus protagonistas. Una serie llamada a ser clásica.
Movistar Plus+ la estrenará en dos partes: la I (episodios 1 al 5) el 28 de noviembre, y la II (episodios 6 al 10) el 12 de diciembre. Como previo, su exitosa proyección en la Seminci y en exhibición limitada en cines.
Ana Asensio
Maldita dulzura es la canción de Vetusta Morla que cierra el capítulo 5 de “Los años nuevos”, a su vez, el final de la primera parte en su exhibición cinematográfica. Una canción que habla de esa maldita dulzura (“la tuya… la mía… la nuestra”) que enturbia las relaciones que van erosionándose con el paso del tiempo. Perfecta letra para ese momento de una historia que, en tal punto, ha conseguido atraparte del todo el corazón.
“Los años nuevos” tuvo su estreno nacional en la pasada Seminci. Ante la suculenta programación del Festival vallisoletano, decidir asistir, al poco de llegar, a la proyección de 225 minutos de una serie, parece una elección, cuando menos, curiosa. Y más constituyendo solo la primera parte de dos, integrada por los episodios 1 a 5 de un total de 10. De su estreno mundial el mes anterior en el Festival Internacional de Cine de Venecia, también en dos pases especiales, llegaron opiniones muy positivas, con lo que la expectación era grande. Expectación que se vio ampliamente colmada. Porque esas casi cuatro horas de relato ininterrumpido conteniendo cinco especiales momentos en la relación sentimental de dos jóvenes que cumplen 30 años con escasas horas de diferencia (Óscar, el día de Nochevieja de 2015; Ana, el día de Año Nuevo de 2016), te lleva por un viaje emocional inolvidable. Y si bien las comparaciones venían, ante todo, ligadas al cine de Richard Linklater (su trilogía iniciada con “Antes del amanecer” y su inmensa “Boyhood”), a mí me recordó en primer término a la agridulce “Dos en la carretera” (“Two for the road”, 1967), donde Stanley Donen empleaba los saltos temporales, en ágiles alternancias no lineales, para deconstruir los vaivenes sentimentales de la pareja encarnada por Audrey Hepburn y Albert Finney.
En esta ocasión, tomar como eje narrativo la emblemática fecha de la despedida de un año y bienvenida de otro, no deja de ser otro feliz hallazgo para contar de forma novedosa una de esas historias de toda la vida: cómo nace el amor de pareja y se puede romper “de tanto usarlo”, como decía la canción. Pero repetir esa fecha en diez años distintos, de 2015 a 2024, corría el riesgo de cierta monotonía, como bien sabían sus creadores: Rodrigo Sorogoyen, Paula Fabra y Sara Cano (en el guion también participan Antonio Rojano y Marina Rodríguez Colás). Desafío superado otorgando a cada episodio un entorno diferente, espacial y de interactuación con más o menos personajes; subrayando así cómo el paisaje y el paisanaje donde nos movemos, nos influye. Ello con una puesta en escena adaptada como un guante, mostrando desde la febril juerga en un pub madrileño o en una macrodiscoteca en Berlín, conjugando amplios movimientos entre un montón de extras, a la fiesta más limitada en una casa rural, pasando por una tranquila cena en familia o celebración en simple tú a tú, con un rodaje en apariencia menos laborioso pero igual de eficaz.
Y el tiempo como motor del cambio, porque las elipsis o el fuera de campo entre cada 31 diciembre-1 de enero, se erigen en un vacío narrativo que no impide que nuestro seguimiento de la historia de amor-desamor de Ana y Óscar fluya dejándonos llevar por el cauce de sus vidas, visible o no, queriéndolos cada vez más.
Sin duda, la dirección compartida entre Rodrigo Sorogoyen, Sandra Romero (próximo el estreno de su primer largo “Por donde pasa el silencio”) y David Martín de los Santos (“La vida era eso”, 2020) ha sabido extraer de todo el elenco lo mejor de sí. Ante todo, de la ominipresencia de Iria del Río y Francesco Carril como Ana y Óscar. Ella, encarnando la espontaneidad, la frescura, el espíritu de aventura, máxime en un inicio de treintena con incertidumbres por doquier; él, la aparente estabilidad de un médico internista de personalidad tranquila, de poco arriesgarse pero sentir empático. Porque, como en tantas tramas, la fortaleza de su dinamismo reside en el equilibrio entre energías, en su tendencia, contrapuestas. Y del Río con la alegría y encanto que desprende, y Carril con esa mirada tan elocuentemente transparente y en representación de una masculinidad admirable, nos enamoran con la vitalidad de sus personajes, con ese afán de construir ese camino feliz que todo el mundo ansía, con su fragilidad en tantos instantes y fortaleza en otros.
Ejemplar también la química lograda entre ellos, con un par de largas escenas de sexo, en la primera parte cinematográfica, que no solo no resultan incómodas o forzadas, sino que se erigen en termómetro de sus temperamentos, porque cómo nos comportamos en la intimidad más carnal, con el instinto por el medio, nos revela más de lo que conscientemente imaginamos.
Siguiendo sus primeros cinco años asistimos a un relato compacto en una evolución perfectamente creíble, en la que cualquiera que haya vivido una larga relación en pareja podrá sentirse identificado. Porque el amor, con el transcurso del tiempo, se ve expuesto a múltiples carcomas que amenazan con agujerearlo. Ahí reside el gran desafío.
Por eso la trama narrativa, reactualizando la relación de Óscar y Ana en cada nuevo año, se erige en ejemplo de historia de historias, corriente y, a la par, universal. Con el acierto añadido de exponernos un muestrario diverso de otras parejas que sirven de espejo a la protagonista, que las contempla en fugaces escenas (acompañadas de planos fijos ante cámara que nos interpelan) fantaseando qué fase de su amor atravesarán, en una comparativa personal que revela cómo nos valoramos usando a los demás. Tampoco falta, en el episodio en torno a la cena de Nochevieja junto a los padres respectivos, el cotejarse con sus formas de ser y su estado actual afectivo; una forma de responsabilizar a terceros y liberar culpas.
Visualmente, aunque predomine mucho primer plano, identificado con el lenguaje televisivo, ello no debe sentirse tan determinante como cuánta emoción se nos transmite en él, con independencia de su escala. De hecho, hoy en día, cuando una serie nos captura acostumbramos a consumirla casi (o sin el casi) de tirón, con lo que, en experiencia, se articula como una película de larga duración. Incluso “Los años nuevos” se permite el guiño a estas con el largometraje que Óscar y Ana tienen previsto disfrutar en la Nochevieja en que todo les sale mal, que no es otro que “La mejor juventud” (Marco Tullio Giordana, 2003), de 366 minutos.
Banda sonora y humor constituyen otras dos sobresalientes señas de identidad de “Los años nuevos”. La banda sonora porque no solo marca los cambios temporales, también juega como atmósfera y letra potenciadora del trayecto sentimental de sus protagonistas. Así, en su rico listado, ya solo en la primera parte escucharemos, entre otros, a Nacho Vegas con «La noche más larga del año» y «La gran broma final», McEnroe con «La electricidad», Triángulo de amor bizarro con «Seguidores» y Joe Crepúsculo con «Toda esta energía». Por otro lado, los diálogos contienen muchísimo humor, diálogos inteligentes y de reales resonancias, luminosos en sus ironías y sentencias, no en vano lo grave se aligera con humor, relajante tónico para cualquier situación. Risa que también contiene, en más de un momento, una especial emoción.
Todo rezuma verosimilitud. Con lo que todavía contrasta más el ‘momento David Lynch’ que transcurre en el episodio 5, ambientando (y rodado) en Berlín, donde se recrea una noche invernal en la que la pareja decide disfrutar del nuevo año, y de sus respectivos cumpleaños, en una popular macrodiscoteca; experiencia que marcará un punto de inflexión en su relación, con un inquietante personaje y su peculiar vaticinio.
Cinco episodios, mitad de una serie o, mejor, de una magna obra audiovisual que disecciona de forma brillante y lúcida una relación de pareja y, por ende, las relaciones humanas, de una manera tan original como entrañable, y esto tal cual: desde esas entrañas de la intimidad amorosa que se despliega tanto en el sexo como en el día a día más intenso o más anodino.
Querer repetir la experiencia de transitar una historia es la mejor prueba de su calado. Asistir en pantalla grande a la primera parte de “Los años nuevos” resultó una de mis elecciones más estimulantes de la pasada Seminci, por eso no solo volveré a ver en Movistar Plus+ sus cinco primeros capítulos (posiblemente, de nuevo de tirón), sino que ansío el continuar el periplo sentimental conjunto de Ana y Óscar. Los episodios 6 a 10 prometen una montaña rusa de emociones en el paso por los años de la pandemia y, ante todo, por el tránsito de los protagonistas de la juventud a la madurez, con la suma de heridas y desilusiones que ello suele implicar. Como la vida misma. Como las radiografías que nos permiten visualizar lo interior y, desde allí, comprender mejor qué pasa en el exterior. Así también, frescos temporales como “Los años nuevos” nos enfrentan, a través del reflejo de una trama ajena, al espejo de cómo vamos cambiando; a constatar que ese tránsito de un año a otro no deja de ser una mera entelequia, porque la transformación es inherente en cada instante que pasa y nos traspasa. En cualquier caso, al finalizar la historia de Ana y Óscar, nuestro equipaje referencial sobre el amor se habrá enriquecido; igual que el de ellos con las parejas que miran, porque la mirada es ver y, en su efecto, poder mirarte con otros ojos.