.- Ya vaticinaba Steve Martin, maestro de ceremonias de los Óscar de 2003, que ver todas las películas nominadas aquel año (entre ellas, El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey) podía llevar varios años.

Y lo cierto es que la situación no ha mejorado en absoluto. A pesar de que mi adorado sensei Jordi Costa nos exhortaba a no escribir jamás en una crítica que a una película “le sobra metraje”, resulta inevitable preguntarse si todo aquello que el director pide al montador que no corte es realmente pertinente. La cuestión se complica aún más cuando, como ocurre tantas veces, director y montador son la misma persona y la bicefalia desemboca directamente en una suerte de esquizofrenia creativa.

No siempre sucede, claro. Algunas películas envejecen tan bien como los buenos vinos y permiten beberte casi de un tirón su larga duración, como las cuatro horas y treinta y cinco minutos de Kill Bill: The Whole Bloody Affair, haciendo apenas una pausa de quince minutos para una cerveza, un bocadillo y una visita al baño. Pero, más de veinte años después de la profecía de Martin, sigue siendo pertinente preguntarse por qué incluso el cine más comercial supera hoy con facilidad las dos horas de duración. Pensemos, por ejemplo, en la reciente y tremendamente amena Proyecto Salvación (2026), de Phil Lord y Christopher Miller, que alcanza nada menos que 156 minutos. Y sí, si quieren pasar un muy buen «rato» de más de dos horas, hay que verla. 

El debate, en cualquier caso, ha llegado para quedarse. Y una nueva prueba de ello es Resurrection, la nueva obra del director chino Bi Gan, declarado adicto a los largos metrajes y a los planos secuencia. Si un cinéfilo intentara iniciar en el cine de autor oriental a una amistad neófita, probablemente recibiría una respuesta inmediata del tipo: “No te empeñes, que no pienso ir a esa peli china interminable del director de los túneles larguísimos, que luego no nos da tiempo ni de tomar una caña”. Y, claro, el pobre cinéfilo volvería a quedarse sin la oportunidad de expandir su doctrina del celuloide porque empezaría a rememorar Largo viaje hacia la noche (2018), del amigo Gan, de 138 minutos y célebre por incluir un plano secuencia de una hora, para cuyo visionado convenía incluso llevar gafas 3D.

Pero el amante del cine debería insistir más. Porque aquí van algunos argumentos para convencer a cualquier escéptico de que dejar pasar esta “cosa china” sería un error considerable.

1. La belleza y enseñanzas de las historias que contiene.

Aunque el hilo conductor sea un rebuscado gran galimatías, que por momentos parece querer dialogar ética y estéticamente con Blade Runner (Ridley Scott, 1982), sin acercarse, eso sí, a sus cotas, varias de las historias que componen su trama poseen una enorme fuerza poética. Ahí está la niña timadora, con reminiscencias de El chico  (1921) de Chaplin, o la pareja albuminosa navegando en esa proa de plástico rojo, casi una góndola espectral que recuerda al arranque del Tristán e Isolda wagneriano. Son pequeños prodigios dentro de esta película-joyero repleta de compartimentos donde abundan más los dijes valiosos que los oropeles inciertos de meras bisuterías.

2. Los homenajes cinéfilos que invitan a soñar.

La película está atravesada por referencias que convierten cada secuencia en un juego para amantes del cine. Desde las ya mencionadas evocaciones hasta la inevitable referencia a la secuencia de los espejos de La dama de Shangai (Orson Welles, 1947), pasando por Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975) y la recreación de la sala de cine de Un segundo (Zhang Yimou, 2020). Sin olvidar las fuertes concomitancias del personaje del monstruo con Frankenstein o el Nosferatu de Murnau , o incluso la resonancia del puerto grisáceo y desolado de Expiación, más allá de la pasión (Joe Wright, 2007). También son dignas de mención las secuencias de abigarrada multitud, que remiten directamente a Blossoms Shanghai (2023), la serie de Wong Kar-wai.

3. El plano secuencia, marca Bi Gan de la casa.

El plano secuencia vuelve a ser la marca de la casa, aunque en esta ocasión el reto visual resulta incluso más complejo que en Largo viaje hacia la noche. Allí bastaba con seguir el recorrido de un carrito que seguía los rieles por una especie de mina; aquí, en cambio, las intrincadas calles nocturnas forman un laberinto fascinante por el que los espectadores parecemos deambular junto a la pareja fetiche. Todo adquiere una cualidad onírica mientras la lluvia parece colarse por el terciopelo rojo de unas butacas que representan exactamente cómo imaginan el cine muchos cinéfilos.

Bi Gan compara este tipo de alardes técnicos con la preparación física de un atleta. Y tiene razón. Para quien disfrute de este tipo de ejercicios visuales, recomendamos dos ejemplos paradigmáticos y muy distintos entre sí: el largo inicio de Femme Fatale (Brian de Palma, 2002), que Carlos Boyero calificó como “una de las más imbéciles películas de todos los tiempos», que sitúa su minitrama de arranque en el Festival de cine de Cannes, y El Arca Rusa (Aleksandr Sokúrov, 2002), rodada íntegramente en un único plano secuencia, porque pocas experiencias pueden resultar tan emocionantes como atravesar el Hermitage, recorrer tres siglos de historia y terminar saliendo por una claraboya al río Neva.

Eso sí, entre tanta poesía visual aparece un tropiezo bastante desafortunado: cierto giro escatológico, una salida de tono a medio camino entre Benny Hill y Torrente, tan chusca como innecesaria, que arruina la brillantez del mejor acertijo planteado por la niña protagonista al personaje timador. Momento en el que las manos que se apresuraban a copiar en la oscuridad en el reverso de la entrada, terminan cayendo inánimes ante una broma impropia de lo construido hasta entonces.

Pero merece la pena pasar de puntillas sobre este inoportuno desliz y aconsejar al amigo escéptico que adelante la hora de la sesión para que después quede tiempo para un refrigerio. Porque seguramente caerán varias rondas durante una deleitosa conversación que girará en torno a este apasionante e inolvidable pedazo de galimatías chino.

Ficha técnica

China, Francia, 2025

Título original: Kuang ye shi dai

Dirección: Bi Gan

Guion: Bi Gan y Zhai Xiaohui

Reparto: Jackson Yee, Shu Qi, Mark Chao, Li Gengxi, Huang Jue, Chen Yongzhong

Fotografía: Dong Jingsong

Montaje: Bi Gan, Bai Xue

Música: M83

Compañías: Dangmai Films, Huace Pictures, CG Cinéma, Arte France Cinéma. Distribución: Les Films du Losange

Duración: 160 minutos