“El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer”, afirmaba Oscar Wilde. Esta es la frase que viene a la memoria en los primeros compases, nunca mejor dicho, ya que en las primeras escenas de la película Ghostlight suenan los acordes de la canción Oh, what a beautiful morning, de Rodgers y Hammerstein. La bucólica tonada se contrapone a los ruidos cacofónicos de las taladradoras horadando el asfalto de Chicago. De entre todos los trabajadores destaca la leonina melena de Dan, peón de la construcción, y su chaleco reflectante. La escena, homenaje al cine mudo, nos traslada lo antibucólico de la situación sin necesidad de palabras. No será la única vez que esto pasa. La cara del excelente actor Keith Kupferer, dando vida a este hombre harto de casi todo, con tipología de hombretón imperturbable, es un absoluto poema.
Pocos planos más adelante, se intuye que, aparte del esplín lógico de alguien que lleva bastantes años trabajando en un empleo alienante por un exiguo salario, al pendenciero Dan le pasa algo más. En realidad a la familia, compuesta por su mujer y una hija, le deben pasar, y pesar, más cosas, porque hay veladas alusiones: tanto en una primera reunión que vemos con la directora del instituto de la hija, Daisy, una adolescente agresiva y disfuncional con la que sus progenitores no pueden, como en las posteriores conversaciones de la familia. La trama va lanzando miguitas de pan para que los espectadores, cada vez más intrigados, recompongan algún sobrentendido oculto que no se termina de desplegar en toda su angustia y plenitud hasta prácticamente el final de la película.
La terapia cicatrizante del introvertido Dan vendrá en forma de un encuentro casual con una exactriz, Rita, magistralmente encarnada por Dolly De Leon, que pertenece a una troupe de actores aficionados que ensaya en un local cercano a las obras. De ahí la alusión al significado del título, ya que una de las acepciones de la palabra “ghostlight” es el de “candilejas”, la línea de luces en el proscenio de un teatro que tiene su origen en los vasos pequeños de cristal de los que partía una mecha que se encendía con el fin de iluminar el escenario. La obra que la compañía quiere poner en pie es Romeo y Julieta. Su falta de medios y su desmaña corren parejos con su pasión y entusiasmo. Poco a poco Dan, tras su escepticismo y resistencia iniciales, irá encontrando en el teatro una medicina para su maltrecha alma. Además, las escenas de la obra shakespeariana y las canciones de musicales de Rodgers y Hammerstein constituirán un punto de encuentro entre él y su hija, también actriz aficionada. Con el tiempo veremos que la relación de los protagonistas con Montescos y Capuletos tiene también que ver con lo acontecido en sus vidas fuera de campo.