Saint-Martial es uno de los protagonistas de la película Misericordia. Un pueblo típico francés que, como tantos otros, se ha terminado quedando sin bares y sin panadería. Un pueblo, de esos tan queridos por los directores galos, aparentemente real, pero un tanto enigmático, entre otras razones, porque, salvo a los personajes del elenco, nunca vemos al resto de habitantes, excepto de manera desdibujada en los planos de un entierro con el que comienza la película. Un pueblo cuyas casas tienen las puertas abiertas, de forma que todos entran en todas partes, y en cuyos comedores de mantel de cuadros (recuerden que no hay bares) la media docena de protagonistas se toma el aperitivo de pastis o saborea tortillas caseras de setas.
Setas recogidas en el vecino bosque. Un bosque fotografiado con precisión expresionista por la meticulosa Claire Mathon, responsable, entre otras, de la fotografía de Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019). Acorde con la trama, la paleta que utiliza aquí la fotógrafa se mueve entre los dorados amarillos de las hojas de roble, entremezcladas con otoñales ocres, o el marrón de las colmenillas y las gotas de lluvia que dejan adivinar el ocasional rojo de la sangre.
Dirigida por Alain Guiraudie sobre la base de su novela “Rabalaïre” (2021), la película comienza con el retorno de Jérémie (Félix Kysyl), un panadero en paro, al lugar que le vio nacer. La demora sine die de la lógica marcha que debería producirse tras el sepelio al que ha acudido, desatará una serie de reacciones, entre intrigantes y desconcertantes, acerca de las intenciones que tendría para postergar su partida.
La acepción de la palabra Rabalaïre, término en lengua occitana, aporta la clave para comprender la conducta nómada de Jérémie, ya que se refiere a una persona errabunda que va de un lugar a otro. El caso es que el retornado, que no se termina de marchar, desatará la pasión y anhelo soterrados, en diferentes y sutiles niveles, de la mayoría de los personajes que interactúan con él.
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Pilar! Menuda estupenda crítica con la que coincido. La brillante fotografía está muy acertadamente al servicio de un universo que crea el director. Me gusta cómo nos envuelve en una historia en que no hace falta que todo sea totalmente verosímil para engancharnos en el devenir del errante. La disfruté mucho!