Albert Serra, prestidigitador del celuloide, experto en estas lides y en otras, no hay más que ver Pacifiction (2022) y su idea de ciertos tejemanejes políticos (ver mi crítica en Nueva Orphanik) hace que se sucedan los planos expresionistas y duros, secos como sarmientos. Algunos tendrán que desviar la mirada. No es película esta para las complacencias. Ni para empezar una posible aproximación al toreo. Para eso mejor leer a cualquier cronista de toros de aquellos (Díaz-Cañabate, Amorós, Zabala, Vidal) que han dado cuenta de quites y lances, y han sido maestros de tantos otros que escriben sobre temas ajenos a estos. Ni una imagen del tercio de quites. Si el curioso se queda con ganas de saber algo más, no habrá nada mejor que leer la entrevista de Jesús Ruiz Mantilla a Roca Rey en El País de 28 de febrero de 2025.
No hay aquí ni una chicuelina, ni un estatuario, ni un paseíllo o mirada complaciente a los mantones que jalonan el ruedo. A Serra no le ha interesado ni plasmar el ambiente ni ver si la montera caía boca arriba o boca abajo en el brindis. Como anécdota pensar que solo sale una mujer, una que pide al torero salir en una foto con él. A decir de Serra, los tres operadores que ha tenido en el documental han terminado adictos al descabello.
Las manoletinas embarradas contra el burladero, el vaso de cinc que, a la luz de la sangre roja, parece bermejo. De vez en cuando alguna pincelada, algún atisbo de otra cosa, el ritual de vestirse del torero, casi femenino, retrechero, como una novia. Los besos al rosario nacarado que le cuelga del cuello, las lágrimas de foto de las Vírgenes en marco de plata que se quedan aguardando en la mesilla del hotel mientras parpadea el blanco de la batista del pañuelo, que flota tras haberlo rozado los labios temblorosos del torero.
En el ruedo resuenan los clarines y cuando Roca quiere “vaciarse”, emplearse a fondo en el argot del toreo, un subalterno le recuerda con aires de tragedia griega: “acuérdate de Cartagena”, en alusión a cuatro días de descanso que el torero se tomó para encarar mejor lo exigente de la temporada.
Al final de la contienda se quedan prendidas de uno las palabras que el peruano musita cuando sale ileso: “no entiendo cómo no me ha pasado nada”. No lo entiende como no lo entendía tampoco el mexicano Manuel Martínez: “la cornada no me la dio el toro, me la di yo”. Y resuenan las palabras tras la batalla, más propias de una Ilíada o de un Homero rapsoda, más allá de lo que Serra pueda querer decir o de lo que diga el maestro, tampoco lo que quisiera decir el toro, que estamos ante un misterio. El aroma susurrante de estos versos de José Bergamín viene al pensamiento según se leen los títulos de crédito, que desgranan ganaderías y, por lo tanto, dinero, aunque las escenas presenciadas sean ajenas precisamente al poderoso caballero: