Unas caras de toros negros zaínos en la noche. Resuellos. Mansa lluvia. Solo las caras. Y el marfil de los astifinos cuernos. Los toros miran a la pantalla. Miran al vacío volcados, sin saberlo, en el celuloide, ignorando que van a ser sus jetas las primeras que vean los cinéfilos que se aventuran por sus interminables noches de soledad. Negro contra negro.

Tras esos primeros planos, difíciles de olvidar, entra en escena un torero, peruano, serio, metido para adentro. No es de extrañar su laconismo y su mirada perdida en el vacío. Como la de los toros. No es de extrañar, pues cada tarde que torea sabe que se juega la vida. Que no están las tardes para bromas sabiendo lo que hay en juego.

En los interminables minutos que duran las Tardes de soledad del catalán Albert Serra, esa es la punzada buscada: el enigma, el respeto, el miedo, la complejidad de un ritual por encima de argumentaciones manidas de uno u otro sesgo. Más allá de conversaciones tejidas de jaculatorias plañideras masculladas por la cuadrilla en el habitáculo mínimo de la camioneta que lleva a los banderilleros del diestro: Chacón, Paquito Algaba, “Viruta”, que desgranan un rosario de frases dirigidas a un ensimismado Roca Rey. Parece que quieren halagarle, ahuyentarle los fantasmas del toro, los de las envidias, los de los tendidos de un público ávido de adrenalina, insensibles, de momento, a las desgracias, pero preparados para la exclamación altisonante si las cosas vinieran mal dadas.

Los banderilleros del torero, sus hombres de plata, en alusión al color de los alamares de su vestido, le repiten los mismos vocablos, que incluyen indefectiblemente el ensalzamiento de ciertas partes anatómicas, la repetición manida de elogios que funcionan a manera de salmodia, como cuando alguien se examina de una oposición. Frases que pierden su sentido semántico en la repetición, solo pronunciadas para aventar malos agüeros.

No, no hace falta tener el María Moliner a mano. Que los del tendido siete en Las Ventas miden, que hay que callar las bocas. Es curioso ese deambular de monocordes y engolados elogios que el torero parece necesitar y desdeñar a la vez. Como ajeno. Palpándose de vez en cuando las heridas de las cornadas que se reabren. Pidiendo agua para la garganta que se seca. Como un niño, como un monarca que sabe que deben estar todos pendientes de sus más nimios deseos.

Albert Serra, prestidigitador del celuloide, experto en estas lides y en otras, no hay más que ver Pacifiction (2022) y su idea de ciertos tejemanejes políticos (ver mi crítica en Nueva Orphanik) hace que se sucedan los planos expresionistas y duros, secos como sarmientos. Algunos tendrán que desviar la mirada. No es película esta para las complacencias. Ni para empezar una posible aproximación al toreo. Para eso mejor leer a cualquier cronista de toros de aquellos (Díaz-Cañabate, Amorós, Zabala, Vidal) que han dado cuenta de quites y lances, y han sido maestros de tantos otros que escriben sobre temas ajenos a estos. Ni una imagen del tercio de quites. Si el curioso se queda con ganas de saber algo más, no habrá nada mejor que leer la entrevista de Jesús Ruiz Mantilla a Roca Rey en El País de 28 de febrero de 2025.

No hay aquí ni una chicuelina, ni un estatuario, ni un paseíllo o mirada complaciente a los mantones que jalonan el ruedo. A Serra no le ha interesado ni plasmar el ambiente ni ver si la montera caía boca arriba o boca abajo en el brindis. Como anécdota pensar que solo sale una mujer, una que pide al torero salir en una foto con él. A decir de Serra, los tres operadores que ha tenido en el documental han terminado adictos al descabello.

Las manoletinas embarradas contra el burladero, el vaso de cinc que, a la luz de la sangre roja, parece bermejo. De vez en cuando alguna pincelada, algún atisbo de otra cosa, el ritual de vestirse del torero, casi femenino, retrechero, como una novia. Los besos al rosario nacarado que le cuelga del cuello, las lágrimas de foto de las Vírgenes en marco de plata que se quedan aguardando en la mesilla del hotel mientras parpadea el blanco de la batista del pañuelo, que flota tras haberlo rozado los labios temblorosos del torero.

En el ruedo resuenan los clarines y cuando Roca quiere “vaciarse”, emplearse a fondo en el argot del toreo, un subalterno le recuerda con aires de tragedia griega: “acuérdate de Cartagena”, en alusión a cuatro días de descanso que el torero se tomó para encarar mejor lo exigente de la temporada.

Al final de la contienda se quedan prendidas de uno las palabras que el peruano musita cuando sale ileso: “no entiendo cómo no me ha pasado nada”. No lo entiende como no lo entendía tampoco el mexicano Manuel Martínez: “la cornada no me la dio el toro, me la di yo”. Y resuenan las palabras tras la batalla, más propias de una Ilíada o de un Homero rapsoda, más allá de lo que Serra pueda querer decir o de lo que diga el maestro, tampoco lo que quisiera decir el toro, que estamos ante un misterio. El aroma susurrante de estos versos de José Bergamín viene al pensamiento según se leen los títulos de crédito, que desgranan ganaderías y, por lo tanto, dinero, aunque las escenas presenciadas sean ajenas precisamente al poderoso caballero:

«Un prodigioso mágico sentido,
un recordar callado en el oído
y un sentir que en mis ojos sin voz veo.

Una sonora soledad lejana,
fuente sin fin de la que insomne mana
la música callada del toreo.

Querida cuadrilla, pleguemos los capotes, despidámonos del público, y salgamos de esta
plaza sin hacer ruido».

Puede ser que alguno entonces se contagie del misterio y se pregunte por qué no suena nunca música en Las Ventas o por qué en los primeros planos de esta cinta, tan herederos de la corriente tremendista del toreo, el espectador se sienta toro y a la vez diestro. Y por primera vez se escuche la música callada del toreo.