Se pueden averiguar muchas cosas fijándose en las cocinas de la gente. El paradigma de esta aseveración se encuentra en los planos de las cocinas de Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991). No es necesario que el director defina sus personalidades. Solo con mostrar una y otra, el espectador se hace cargo.
En Mi única familia (Hard Truths), el británico Mike Leigh hace lo que Scott con la cocina de Pansy (Marianne Jean-Baptiste). Y aunque nos muestra el impoluto salón también, no le haría falta: la cocina no está separada de la estancia principal, donde una isleta de inmaculado mármol grisáceo sirve de transición entre ambos ambientes. ¡La moqueta es blanca! ¡Qué clase de persona se puede permitir una moqueta blanca! Es el típico salón de clase media británica, desde el que se accede al jardín trasero mediante unas puertas francesas. Se diría que Pansy limpia cada uno de los tallos verdes del césped a diario.
A todas estas, el marido (David Webber) y el hijo (Tuwaine Barrett) de Pansy se mueven por la moqueta con mutismo de autómatas. No se les podría calificar de alegrías de la huerta pero tampoco parecen indeseables.
La casa de Chantelle (Michele Austin), hermana de Pansy, es harina de otro costal. Casa con dos hijas (Ani Nelson y Sophia Brown). Bullicio, plantas con hojas marchitas, algún que otro envoltorio de patatas a la cebolla y vinagre, tan del gusto británico, desorden controlado; lo que se llama una casa en la que vive la gente. Las dos hijas veinteañeras de Chantelle bromean y bailotean con su madre. Hacen planes para la celebración conjunta del Día de la Madre con la familia de su tía. Pansy y Chantelle se quieren, pero cualquier intento para indagar algo más sobre lo que está pasando resulta infructuoso.
Tía Pansy mientras tanto se mete en una serie de situaciones rutinarias y genera tanto mal rollo que los cinéfilos de pro se rebullen en los asientos. Escupe más que habla. Impresionantes las escenas en el supermercado y en el dentista. Esta señora está sufriendo y se comporta como una hija de la Gran Bretaña sin que se sepa el porqué de todo aquello.
Pero los cinéfilos creen controlarlo todo al estar familiarizados con la paleta de colores de Leigh, desvaídos grisáceos pasteles en las calles, se diría que por culpa de la sempiterna lluvia, casa de Chantelle, abigarrado colorido a lo Notting Hill, desinfectante por doquier a modo de único adorno en los anaqueles de formica. Todo bajo control.