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¿Cuento de Navidad o Año Nuevo? Los fantasmas de Fuenclara, o dulces recuerdos perdidos…

Nunca he escrito nada especialmente íntimo en este virtual espacio, pero en estas fechas navideñas donde el corazón parece aflorar a la piel, algo me mueve a ello. Y estar sin voz. Literalmente, físicamente. Mis cuerdas vocales se me han rebelado una vez más y me han revelado, de nuevo, la importancia de la expresión oral y de la comunicación de tú a tú.

El pasado 26 de diciembre, a la salida del trabajo, tras una jornada de intercambio laboral a golpe de nota escrita por no poder articular palabra, inmersa en el desánimo, quise esquivar la vorágine de gente de la zaragozana calle Alfonso, pletórica de turistas y de familias encaminándose a la muy festiva Plaza del Pilar, y me interné por vías secundarias de su entorno. Y desemboqué en la corta y solitaria Fuenclara, una calle donde, de repente, de la humedad del ambiente me empaparon ecos de un ayer vívido y entrañable.

Porque en esa calle todavía se mantiene, en pleno desamparo, el edificio que acogió la primera sede de la Filmoteca de la ciudad: el Palacio de Fuenclara.

Una Filmoteca con sede en un espacio impregnado de historias y cultura

Instantánea del estado actual de la fachada del Palacio de Fuenclara, donde junto a su puerta un rótulo informa de su carácter histórico como bien de interés cultural

Edificado en el siglo XV, tras ser lugar de nacimiento del jurista, polígrafo y teólogo Antonio Agustín, y posteriormente residencia de varios Condes de Fuenclara, en el siglo XIX se legó al arzobispado de Zaragoza, que lo ocupó para la Sociedad Protectora de Jóvenes Obreros y Comerciantes y, luego, para el recién creado Círculo Católico, con el Salón Fuenclara como escenario de representaciones teatrales e incluso mítines y reuniones políticas. A partir de 1951 dicho escenario tuvo uso continuado como Cine Fuenclara, con 500 localidades, remodelado en 1976. Aunque yo lo conocí ya con su posterior nombre, Cine Arlequín, y como primera sede de la Filmoteca de Zaragoza, que como rememoró su primer director, Leandro Martínez, se inauguró oficialmente un 3 de febrero de 1982 con la proyección de un ciclo de cine soviético de los años 30. Allí recuerdo, todavía siendo menor de edad, haber pasado muchas tardes viendo clásicos maravillosos, a veces sola (desde que cumplí catorce tuve permiso familiar para hacerlo), a veces junto a mi padre o madre, como cuando esta me acompañó a ver Encadenados, de Hitchcock, y yo me quedé fascinada primero por la historia y, después, atónita por presenciar cómo la película se destruía ante nuestros ojos y se detenía la proyección hasta arreglar el imprevisto; cosas del inflamable celuloide que años después me hicieron todavía empatizar más con el dramático incendio recreado en Cinema Paradiso. Entrar en aquel patio renacentista, de robustas y altas columnas anilladas toscanas, era como atravesar un túnel del tiempo que me conducía a una sala más antigua y tosca que otras céntricas de la ciudad, pero que me garantizaba unas películas con el aroma de un cine adulto de primerísima calidad. Cerró sus puertas en febrero de 1987. La Filmoteca viviría una segunda y provisional sede, desde 1987 a 1992, en otro cine con solera: el Cinema Elíseos, otro espacio fílmico también, hoy, tristemente muerto

Tras ser adquirido por el Ayuntamiento de Zaragoza en 2002, el Palacio de Fuenclara fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento y se restauró parcialmente, pero, un par de décadas después, en estado ruinoso en su interior y en su adusta y gris presencia exterior, resulta casi imposible imaginar su esplendor pasado… Se han divulgado propuestas políticas de usos muy variados, como local municipal LGTBI, museo de la Semana Santa de Zaragoza o centro de procesos Big Data. Casi cualquier propuesta sería defendible antes que dejar que siga desmoronándose sin remedio.

Latidos de cine con unas niñas que dieron mucho que hablar

Quién iba a decirle a aquella primera Filmoteca, hogar de largometrajes de amplio reconocimiento cinéfilo, que a su vera iba a rodarse otro que también lo obtendría. Pues junto a uno de los callejones sin salida que limitan la calle Fuenclara, la calle de Torres-secas (que conserva su rotulación del siglo XIX y, al fondo, el letrero azul de los longevos almacenes creados por José Alfonso), en una recreada Zaragoza de 1992 (con las paredes convenientemente decoradas con carteles de los grupos musicales más exitosos de entonces, como Niños del Brasil o Héroes del Silencio), las seis protagonistas de Las niñas compartirán momento clandestino, al cobijo de miradas adultas, pintándose los labios y fumando sus primeros pitillos. Al abrigo también de intromisiones, dada la tranquilidad de la calle, allí también las seis jóvenes actrices posaron ante el fotógrafo zaragozano Jorge Fuembuena para inmortalizarse en instantáneas promocionales del filme, y lo hicieron, acorde con la trama de paso de niñez a adolescencia escrita y dirigida por Pilar Palomero, en clave de equipo de chicas rebeldes, con vivo rojo en los labios y desafiantes miradas.

De imprenta, libros y cuadros perdidos en la noche de los tiempos

Unas niñas, las de Pilar Palomero rescatando en su debut en el largometraje sus memorias como colegiala en Zaragoza, que no conocieron el móvil ni los ordenadores portátiles ni los eBook, algo del todo sorprendente para sus jóvenes intérpretes, todas ellas nativas digitales. En el año de ambientación de la película, 1992, todavía el libro impreso no tenía competencia en su labor de «dispositivo didáctico y de ocio». A este respecto, la calle Fuenclara tuvo el honor de contar, en los bajos del Palacio de Fuenclara, con dos establecimientos punteros para la cultura de la ciudad durante varias décadas: Gráficas Minerva, imprenta de publicaciones de vanguardia, de la que resta, como huella-testimonio, el rótulo «Sellos de caucho. Fabricación propia»; y la librería y sala de arte Libros, cuya entrada principal, incluso bajo la degradación sufrida por las pintadas y el deterioro, todavía evidencia su distinguido porte (ya solo por su rótulo en caracteres góticos y bicolor coronado de arquillos de ladrillo). Un porte que me hace añorar el no haber podido conocerla, máxime tras leer que fue «puerta abierta a la modernidad artística«. En mi imaginación, accedo a su entreplanta, abierta a la calle por tres ventanas separadas por columnillas de madera casi blancas por el polvo; allí habitó una sala de exposiciones, inicio de un lugar de encuentro-tertulia de la más brillante intelectualidad de varias décadas. Y es que su fundador, el escritor, periodista y editor Tomás Seral y Casas, con el encargo en 1939 al arquitecto José de Yarza, quiso crear un reducto para revitalizar la maltrecha cultura de la posguerra; y lo consiguió plenamente, con un espacio artístico que fue señero a nivel nacional. De este modo, desde su puesta en marcha en 1940 (en 1945 pasando Seral el testigo de la dirección a su primo Víctor Bailo Solanas), la que fue librería, sala de exposiciones y luego, en ampliación de locales aledaños, negocio de cuadros, dibujos, enmarcaciones y hasta discos, además de animadas conversaciones literarias, mostró la obra pictórica de los mejores nombres de la época, tanto aragoneses, como Antonio Saura (acogiendo su primera exposición individual), Pilar Aranda, Alberto Duce o Jorge Gay, como de muchas otras geografías, caso de Benjamín Palencia, Menchu Gal, Luis García-Ochoa, José Beulas, Agustín Redondela o Andrés Conejo (autor, en 1954, de ese bello gran mural del hall de los zaragozanos Cines Palafox). Escritores como José Luis Melero rememoraron la extraordinaria vitalidad cultural que tanto Gráficas Minerva como la polifacética Libros, aportaron a la capital aragonesa. ¿Quién lo diría hoy respirando el desabrigado trayecto de la calle Fuenclara?

Maltrecha y menospreciada, así luce la fachada de una otrora prestigiosa librería

Pero todavía no concluyen las resonancias, pues pasado Libros me asalta un sabor agridulce, por lo que fue y ya no es: un «regreso al futuro» gracias al paladar, gracias a unos sabores que transportaban a la infancia, a la sencillez de la inocencia, al tiempo del juguete hecho chuche que, a su vez, era toda una fiesta.

Dulces Catalina y Chayo, su última capitana

Porque Dulces Catalina, junto al número 4 de la calle, era el último refugio zaragozano especializado en dulces tradicionales, junto a Caramelos Alcaine (en la cercana avenida de César Augusto). Su rótulo verde, indicando «Fundada en 1940» ya daba fe de su raigambre.

El aciago 2020, entre sus pocas luces ya declarado el estado de alarma, me llevó en mis ratos de descanso laboral, limitados los accesos a cafeterías, a pasear más y a descubrir rincones, establecimientos, detalles, que habitualmente, con la falta de atención motivada por la prisa o la rutina, nos pasan injustamente desapercibidos. Así fue como una mañana entré en Dulces Catalina, en cuyo escaparate me había detenido muchas veces pero sin animarme a más, como esos paisajes que vemos de telón de fondo pero sin mirar qué hay detrás. Me atrapó la evocación a mis años 70 y 80 por la suma de la física estructura del local con la química de golosinas que albergaba (desde sardinas, botellines o barritas -antes llamado cigarrillos- de chocolate, a caramelos de violetas, natas, gajos de naranja o limón, Peta Zetas, nubes…).

Fotos del escaparate de Dulces Catalina antes de su nueva etapa iniciada en 2019. Cortesía de Chayo Cerdán.
Fotos del escaparate de Dulces Catalina en su nueva etapa a partir de 2019. Cortesía de Chayo Cerdán.

Y, ante todo, la cordialidad de su dueña, Chayo Cerdán, con la que inicié desde entonces unas breves conversaciones cada vez que volvía como clienta. Así supe que el negocio arrancó en 1940 por iniciativa de Cesáreo Catalina, que abrió sendos establecimientos en la calle Gil Bergés y en la desaparecida calle Cerdán. Después, quedó solo el primero, que terminó traspasado a quienes comenzaron allí como aprendizas, Meli del Barrio y Andrea Pequerul, al frente del mismo hasta su jubilación, ya ubicado en la contigua calle Fuenclara. Clienta como había sido y con pasteleros en su familia, Chayo se lanzó a la aventura de abandonar su puesto en una oficina y firmar con ilusión el traspaso de Dulces Catalina. Tuvo el detalle de recordar a sus predecesoras en una foto enmarcada para la ocasión, todo un gesto de su gentileza. Se trataba del 1 de enero de 2019, sin sospechar, como nadie en el mundo, que poco más de un año después, una pandemia revolucionaría nuestras vidas. Así fue como en 2020 tuvo que reinventarse con el cierre forzoso, primero, y con las restricciones de venta, después. Una tienda online y servicios de candy bar los adaptó al nuevo consumo, si bien con el tiempo se vio desbordada ante la demanda acumulada. Esto último lo supe después, a través de unos correos que nos intercambiamos.

Instantáneas de una selección de los candy bar preparados por Chayo.

Porque a inicios de noviembre de 2022 me enteré de que su persiana estaba bajada y no volvería a subirse… Un cartel en la puerta certificaba su defunción: «Estimados clientes: me hubiera gustado poder despedirme de todos y agradeceros vuestro cariño y fidelidad. Espero poder encontrarnos alguna vez en el camino».

¿Cómo se llegó a aquella situación si en el pasado octubre había visto su escaparate primorosamente decorado como de habitual, con guiños a la tradicional ofrenda de flores de las fiestas del Pilar? No pude menos que tomar unas fotos rápidas, esas fotos que disparamos con la ingenua idea de atrapar instantes evanescentes.

La última decoración festiva de Dulces Catalina, sin consciencia entonces de que sería su despedida…

Enseguida escribí a Chayo al mail que indicaba, que me contó que fue una decisión rápida, agotada por no poder llevar ella sola la tienda y sin alcanzar a poder contratar a nadie más:

«Ha llegado un momento en que, obligada por las circunstancias, he tenido que diversificar tanto que no podía ser. Trabajar de lunes a domingo, sin descanso cuando llegan épocas como la festividad del Pilar (el mes de octubre solo paré un domingo) resulta agotador. Era un sitio para dos, como antes con Meli y Andrea, que eran socias. El amplio abanico de productos y servicios no puede llevarlo una persona sola. Hice un grupo de Whatsapp anunciando el cierre y tuve la dicha de que el 31 de octubre no me quedaba nada para vender. La respuesta de la gente fue increíble, de forma que no tuve que liquidar existencias. Pensé que con todo lo almacenado cerraría a partir de la primera quincena de noviembre, pero, como te digo, se volcó mucha gente. Créeme que la decisión ha sido muy difícil…».

Desilusión. Pena. Solo amortiguada por la reacción de toda esa clientela que supo apreciar el adiós.

Las últimas Navidades de Dulces Catalina: diciembre de 2021-enero de 2022. Me asalta el sabroso recuerdo de sus almendras rellenas, con su característica cáscara de oblea, que saboreé tras adquirirlas a Chayo, cuyas fotos dejan testimonio de un tiempo tan reciente y tan lejano a la par.
«Volveremos si tú vuelves», lema de una campaña enfocada en el pequeño comercio que no fue suficiente… Un escaparate, parcialmente desmantelado, lo decía todo.

Y regreso sobre mis pasos en la calle Fuenclara y no dejo de reparar en el nombre del otro callejón sin salida que se abre junto a ella: calle del Desengaño.

Por un afán inútilmente romántico, llego al tramo de la calle Joaquín Gil Bergés donde se ubicó la primigenia tienda Dulces Catalina, y constato, para más pesar, el estado de su fachada protegida y apuntalada, hueco esqueleto, como los de cartón-piedra del cine, esperando un cuerpo que lo habite.

Sobre lo que fueron la puerta y ventana del original Dulces Catalina, unos ojos asombrados y en silencio parecen mirarnos, ignorados en el paso transeúnte.
La parte trasera de esos ojos, oquedad que delata el abandono.

En contraste, a unos metros, junto a la iglesia de San Felipe y Santiago el Menor, convive la plaza de San Felipe, centro de popular encuentro con sus comercios y cafeterías. Sin olvidar al museo Pablo Gargallo, en cuyo acceso se saludan dos estatuas ecuestres del escultor aragonés: el atleta clásico y el atleta moderno, un saludo con el que parece que dialogan. Me paro a escucharles y me susurran que esa plaza también ha sido muy cinematográfica, pues contempló los primeros pasos fílmicos de Paula Ortiz.

Historias de amor en silencio: de Fotos de familia a De tu ventana a la mía

Así es. Allí rodó Ortiz secuencias de su cortometraje Fotos de familia (íntegro aquí), en torno a un anciano (Carlos Álvarez-Nóvoa) que con sus fotos urbanas hila historias íntimas que colman su soledad, como la de amor que siente en secreto por la farmacéutica encarnada por Luisa Gavasa, a la que espía cuando sale de su casa, justo enfrente de la iglesia de San Felipe y Santiago, junto a Paños Sesma, otro establecimiento que en la actualidad ya no existe, ahora reconvertido en la cafetería Doña Hipólita, que mira qué ironías del destino, hoy se distingue por sus ricas y dulces tartas.

Imagen actual de la plaza de San Felipe, con la cafetería Doña Hipólita en la manzana enfrentada a la iglesia dedicada a dicho santo y a la fachada apuntalada de la calle Gil Bergés.

Y siendo los espacios lugares que narran y nos narran, quiso también Paula Ortiz, como en un juego de personales reflejos, que la historia del personaje de Luisa Gavasa en su debut en el largo, De tu ventana a la mía, también contase con momentos rodados en el todavía denominado Paños Sesma, acondicionado para la película en mercería de los años 70 que Gavasa frecuenta por su trabajo como costurera, ajena al enamoramiento que, esta vez, le profesa su dueño.

Póster diseñado por Jesús Bosqued sobre una foto de Jorge Fuembuena. Con el hilo rojo como conector de las tres historias que componen su trama.

De tu ventana a la mía, tres historias de resiliencia.

Desde el pasado, mirando al futuro

No deja de parecerme curioso que, entre tanta desaparición, una quieta figura, sentada en la misma plaza de San Felipe, atestigüe una más: la de la Torre Nueva, estilizada torre mudéjar del siglo XVI derribada a finales del siglo XIX ante el clamor popular. El muchacho de bronce que parece admirar su fantasma, ve regalada en estas fechas navideñas su paciente posición con un juego de decorativas luces que evoca auroras boreales como atracción. Recrear una belleza lejana cuando destruimos la cercana.

En la canción Los fantasmas del Roxy, los espíritus de un cine de reestreno, demolido por el imperio del capital, se manifestaban en la sucursal bancaria en que lo habían transformado. Todo un tributo musical, en la voz de Serrat, a un tiempo de sueños barrido por intereses más mercantilistas. No sería ningún despropósito que los espíritus que habitaron tantas ilusiones de la calle Fuenclara y de su entorno, orquestaran alguna fórmula que concentrara la atención de los vivos en todo lo valioso que les distinguió, ahora en camino de ser fagocitado por el homicida olvido.

Olvido y silencio. Hermanos. Hijos de la desmemoria, de las no historias, desconocidas para generaciones futuras y rumor vago para quienes dudan si las vivieron. Pero a diferencia del olvido, irreversible ya en fase madura, el silencio puede ser roto.

Roto mediante palabras que decapen al olvido y recobren historias pretéritas. Porque la Historia es como un palimpsesto, donde nada desaparece si hay miradas que saben leer lo que bajo lo visible subyace.

En mi silencio forzoso, aunque esperanzada por lo coyuntural, me emociono pensando en escribir sobre todo esto y devolver, aunque sea en letras, la voz de la memoria a toda aquella Vida de la calle Fuenclara y su estrecho alrededor. Y, a la par, me asalta aquel inicio cinematográfico con la frase en off: Anoche soñé que regresaba a Manderley, y sueño despierta que estoy paseando en diciembre por aquella calle Fuenclara, con su Filmoteca en activo y un anuncio de proyección de Qué bello es vivir, con su librería Libros y su escaparate pleno de obras en papel que poder regalar el 6 de enero, con sus Dulces Catalina con la puerta abierta para que le compre a Chayo un surtido de dulces golosinas retro para el nuevo año.

Y como sé que los bellos sueños lúcidos son estimulantes, comparto todo esto en esta Atmósfera Cine con un sentimiento de agradecimiento a toda la gente que hizo vibrar a la calle Fuenclara y aledaños. Y dejando atrás al fantasma de las Navidades pasadas, miro al fantasma de las Navidades futuras y le pido un deseo:

Que sepamos valorar el patrimonio que todavía nos queda, restaurarlo y preservarlo. Que mantengamos vivos los legados de los que venimos y seamos capaces de crear nuevos, accesibles e inclusivos. Que frente a esta sociedad líquida en la que nos movemos, de la multipantalla que nos refleja y nos engulle, aprendamos a priorizar el contacto de tú a tú, comprando en el pequeño comercio, consumiendo cultura presencial, atendiendo el gesto cordial y empático, y acudiendo a las salas de cine.

El cine se nutre de la vida, y la vida se proyecta en el cine. Aunque muchas veces no seamos conscientes, nuestras vidas esconden el secreto del devenir más inmediato.

AtmósferaCine

Ver comentarios

  • Ojalá se cumpla tu deseo (y el de tantos otros a los que les das voz incluso cuando no te sale).
    Un abrazo, Ana.

    • Margarita, como maestra de palabras con sentimiento que eres (así yo te percibo cada vez que te leo), sabes de la importancia de las historias que narramos y que nos narran, así que sí, más allá de que, como dijo Celaya, la poesía sea un arma cargada de futuro, la escritura también puede ser puente que una corazones y memorias (como las de este cuento-no cuento).
      Otro abrazo.

  • Fantástica entrada en tu blog. Te felicito y admiro.
    Gran parte de la información era desconocida por mi parte debido a mi edad (nacida en los ochenta) ... pero compartida en lo que viví respecto a Dulces Catalina, sobre todo con Chayo Cerdán, que se dejó parte de su salud, sus ilusiones y la piel durante los años de su vida que duró la aventura. Conocí a sus antecesoras, pero los pequeños/grandes cambios del trabajo de Chayo hicieron traer a este siglo lo disfrutado en el anterior sin perder un ápice de su sabor y añadiendo su buen gusto, sus detalles decorativos apenas perceptibles para los no habituales.

    En cierto modo el cierre nos dejó huérfanos a muchos clientes, pero orgullosos de su última propietaria y del gran trabajo realizado en tiempos tan difíciles (pandemia con calles solas sin gente y apenas iluminación) donde se vio obligada a reconvertirse y lo hizo (con su web, Facebook, Instagram, envíos a toda España, Candy Bar para eventos, tartas de chuches de incalculable valor y que ella vendía por poco más que el precio de coste...). Todo ello unido a la crisis durante y posterior con la invasión de Ucrania, el incremento de los costes en las materias primas... fueron la puntilla para el negocio, y no será por sus quebraderos de cabeza, su reconversión, actualización a los nuevos tiempos, el esfuerzo y tiempo invertido y no cobrado...

    Su inmenso lado humano y solidario no lo olvidaré jamás (ya nadie se acuerda de los primeros meses de pandemia cuando el miedo nos atenazaba a todos y estábamos encerrados en casa, pero Chayo seguía yendo a su tienda caminando por calles desiertas y oscuras para preparar dulces agradecimientos a tantos sanitarios que se jugaron la vida por nosotros, y algunos incluso la perdieron; que dieron la mano y acompañaron en su último hálito a nuestros familiares y amigos...).

    Esta increíble mujer, que como el Ave Fénix resurge una y otra vez, lucha por lo que cree y pone su alma en todo lo que hace, por ello, se merece todo lo mejor en esta vida y espero y deseo que comience en este año 2024.
    Ana, muchas gracias por ilustrarnos con tu saber e investigación, con las fotos y los recuerdos que hacen que como a ti no nos salga la voz.

    • Muchas gracias, M. Jesús, por tu comentario y tu recuerdo hacia la tienda de Chayo. Desde luego que la pandemia, además de las trágicas cifras de muertes, provocó, entre otras secuelas, el cierre o declive de muchos negocios, sobre todo pequeños, que no pudieron afrontar la hecatombe económica. Y Chayo me consta que lo intentó con mucha energía e ilusión, diversificándose todo lo que pudo siendo solo una persona al frente. Seguro que endulzó el amargo sabor de mucha gente durante los peores momentos de aquellos años... Precisamente yo
      recordé estas Navidades cómo en las de 2020 me preparó un gran surtido de sus dulces y golosinas para enviárselas por paquete postal a mi familia, residente fuera de Aragón, ante la imposibilidad de reunirnos. La conocí con las mascarillas obligatorias puestas, viéndonos solo la mitad del rostro. Sin boca a la vista, como cuando no tenemos voz, como cuando yo escribí este cuento-no cuento, queriendo, precisamente, dar nuevamente voz a varias de esas historias que viví o recordaba de la calle Fuenclara y su entorno. Porque, a veces, la memoria se nos queda demasiado corta, ojalá que mi deseo final encuentre voz, manos y voluntades que lo hagan posible...

      • Pues si algún día tienes la suerte de conocer a Chayo sin mascarilla podrás ver que es tan bonita por dentro como por fuera. Es una muñeca preciosa y delicada, igual que el mimo y cariño que ponía en cada paquete, cada vez que cambiaba el escaparate, los pequeños cambios manteniendo ese aire vintage... Pero como aprendí y mucho leyendo tu artículo de este fantástico blog, los tiempos cambian y el tiempo pasa. Cada vez que camino por la calle Alfonso no puedo evitar girar la cabeza y en vez de ver el baturro y el cajón con flores veo... una asociación de "Marihuana"!!! La película continúa. ¿Quién podría imaginarse el cambio? Estoy segura de que ni siquiera el mejor guionista del mundo...

  • Eres fantástica. Con qué belleza y emotividad relatas estas historias.Ojalá los políticos se den cuenta que hay que proteger la historia, los recuerdos... Todos deberíamos de firmar solicitando la conservación y el recuerdo.Yo al no ser de aquí no tenía ni idea, gracias a tu relato en cuanto pueda haré un recorrido para darle vida en mi pensamiento. Gracias, Ana por compartirlo y mejórate. Un abrazo.

    • Muchas gracias, tocaya. Ciertamente, en lo que corresponde a los poderes públicos, ojalá que tomen nota del estado en el que está esta céntrica calle zaragozana e inviertan en su rehabilitación, pues son ya demasiados años de olvido. Y el Palacio de Fuenclara merece, sin duda, un uso que le devuelva su esplendor y revierta en beneficio de la ciudadanía.

      Y por la parte que nos toca: consumir presencialmente cultura, comprar en el pequeño comercio, acudir a las salas de cine; gestos individuales que suman en mantener vivos espacios que, de otro modo, languidecen hasta desaparecer. Como escribo al final de mi texto, en el día a día de cada cual late el futuro conjunto.

      Un abrazo.

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