A los cinéfilos que forman parte de la “familia” del coreano Hong Sang-soo les pasa eso una y otra vez: se les acumulan las botellas encima de la mesa hasta que aquello termina pareciendo un cuadro de Morandi. Y más en el largo número 31 de su prolífica carrera, ya que en La viajera el líquido elemento, el makgeolli, licor de trigo y arroz habitualmente consumido sin filtrar, tiene un color blanco lechoso que podría asemejarse a algún tipo de anisete, tan del gusto de la paleta del pintor boloñés.
En la mayoría de los filmes de Sang-soo, el argumento suele ser un pretexto, punto de partida marginal para acogerse a variaciones sobre un tema con diálogos que suelen repetirse. Son ejercicios minimalistas, con decorados escuetos y pocos personajes que, muchas veces, se desdoblan componiendo diversas piezas de un rompecabezas. En lo alto (2022) podría ser un ejemplo paradigmático de esto y una muy buena manera de introducirse en el muy particular mundo de este director.
En La viajera, cuyo título internacional en inglés A traveler’s needs (traducido Las necesidades de un viajero) quizá fuera más ajustado a su historia, Isabelle Huppert, actriz francesa que ya trabajó en dos ocasiones con el director coreano (en 2012 en En otro país y en 2017 en La cámara de Claire), se pone en la piel de Iris, nómada algo excéntrica y atípica, que deambula por los parques coreanos de rocosos parajes jalonados de líquenes, ataviada con un traje floreado, alpargatas de cuña y un sombrero de paja. Nada de su pasado se conoce. Es una especie de chorlito, pájaro de impreciso andar y cabeza pequeña (nada que ver con tener pocas cosas en la cabeza). No cuenta con ocupación conocida, salvo la de tocar una flauta de esas con las que los niños van a clases de música. Lo único que parece convierte sus días en más agradables es la ingesta de un par de litros diarios de magkeolli. Así es como la conoce un joven aspirante a poeta que la acoge en su casa y del que parte la idea de que ofrezca clases de francés. Y el método que usará Iris será parangonable, por su poca ortodoxia, a las directrices metodológicas de la inolvidable Otra ronda (Thomas Vinterberg, 2020). En este caso, nuestra protagonista se servirá de unas fichas en las que apunta las impresiones personales y profundas de sus alumnos tras haber tocado algún instrumento musical. Iris las traduce del inglés, idioma con el que se comunica con los lugareños coreanos, y las escribe en francés.
Aparentemente poca cosa, dirán algunos, y, sin embargo, por algún motivo, las conversaciones y las reflexiones vertidas en poco más de hora y media hipnotizan al espectador que parece estar bebiendo y danzando por el parque con Huppert, mientras se desata la curiosidad por saber más acerca del poeta cuyos versos se recitan, Yun Dong-ju, coreano de 27 años muerto en una cárcel japonesa pocos meses antes de que se declarara la independencia de Corea. Para saciar parte de esta intriga, aconsejamos el visionado de un corto video difundido por el Centro Cultural Coreano a través de este enlace.