El cine considerado postmoderno se apropia de referentes culturales de todo tipo, los subvierte o deconstruye y termina ofreciéndonos representaciones que marcan su énfasis en su carácter de ficción, en su ser retratos imposibles de realidades que no son de nadie, porque la objetividad no existe, solo recreaciones o interpretaciones de lo que sucede a nuestro alrededor. En este sentido, Emilia Pérez se erige en un ejemplar exponente de este tipo de cine. Casi lo de menos es la desmesurada trama de un capo del narcotráfico mexicano que en su cambio de vida radical revoluciona el destino de los seres de su entorno, fundamentalmente el de las mujeres que más lo llegan a conocer. Lo relevante es cómo Jacques Audiard, se permite, como francés, mil licencias en su particular visión de un México violento, oscuro y corrupto, le suma mil clichés sobre la masculinidad y la feminidad, lo enriquece con necesidades vitales tan reconocibles como ser fieles a nuestra identidad más íntima y el derecho a las segundas oportunidades y nos lo ofrece con el envoltorio de un puñado de números musicales de tonos y estilos tan variopintos como eficaces. Así, temas como la manipulación judicial, la mafia, la reasignación de sexo, la familia, la autoestima, la culpa, la redención, las víctimas desaparecidas, la venganza, los celos o la glorificación, se sucederán y solaparán al ritmo de una banda sonora tan ecléctica como su carrusel melodramático.
La sofisticación audiovisual de esta insólita propuesta, revela el poder de una puesta en escena musical poliédrica, desde la recitación individual a lo Jacques Demy a la contundencia coral de Pink Floyd-The Wall (Alan Parker, 1982), desde estilos como el pop, rock, rap o reguetón a melodías románticas. Todo tiene cabida y encaja en armonía haciendo avanzar la trama y descubriéndonos la evolución interior de las protagonistas, porque todas ellas cuentan con uno o más números donde brillar de forma especial. La versátil Zoe Saldaña, en la piel de Rita, inaugura su sentir con el intenso “El alegato” y “Todo y nada”, atrapada en sus defensas impostadas y su frustrada labor como abogada mercenaria. Karla Sofía Gascón, estratosférica en su doble personaje, nos conmueve en su arco dramático de transición desde su terrorífico y, a la par, infeliz Manitas susurrando ante Rita “solo deseo ser ella”, a su anhelada Emilia cantando frente a su amada “Qué alegría hacer el amor con amor”. Selena Gomez borda en “Mi camino” la vulnerabilidad revelada en su personaje de Jessi del Monte (qué más da su acento y lo increíble de su ceguera ante Emilia ante esta descomunal fábula fílmica), reivindicando su derecho a quererse y a equivocarse. Y qué decir de otros números musicales como “El trío” (con Zoe Saldaña, en pantalla partida, invocando calma entre la disputa irresoluble surgida entre Emilia y Jessi), el del inocente afán infantil de “Papá” o el del antológico himno coral “Aquí estoy” (imposible que no te traspase). Todo un gran espectáculo musical, con la diversidad por bandera y al servicio de lo más importante: las emociones.