Ana Asensio

.- Si pensamos en el cine musical, los muchos títulos de la época dorada de Hollywood, coloridos y animosos, serán posiblemente los que antes nos vengan a la cabeza. En Bailar en la oscuridad (Dancer in the Dark, 2000), su protagonista Selma (Björk) se abstraía de su demoledora realidad soñando con vivir en un musical porque, decía, “en los musicales nunca pasa nada malo”. Esa idea del musical como el género de fantasía por antonomasia, refugio de la imaginación donde todo tiene cabida, no resulta incompatible con el maridaje con historias, a priori, en las antípodas del espíritu festivo que muchas veces se le presupone. Lars von Trier bien lo demostró con la citada película de una inmigrante checa en Estados Unidos, enferma y con un hijo que sacar adelante como meta vital, cuya trágica historia culmina con uno de los más demoledores números musicales vistos en pantalla grande. Imposible olvidarlo.

Al fin y al cabo, con la música pueden expresarse todo tipo de emociones. De ahí que, más allá de adaptaciones de grandes éxitos de Broadway (como este diciembre con el estreno de Wicked), muchos cineastas se atrevan a emplear los parámetros del género de forma audaz y arriesgada.

Polvo serán, mas polvo enamorado

La especialidad de la Seminci como festival de cine de autor conlleva también decisiones atrevidas, como la de elegir como largometraje inaugural un drama en torno a la terminación voluntaria de la vida, coincidiendo con otros largos que lo han abordado en los últimos años. Como siempre, la singularidad reside no en el qué, sino en el cómo. Su director, el español Carlos Marques-Marcet, ya demostró con 10.000 km (2013), su debut tras las cámaras, que las historias de amor pueden contarse desde la presencia o la ausencia, dada la importancia de la distancia física.

En este cuarto largometraje de Marques-Marcet, la ausencia la presiente tan insalvable el personaje de Flavio (Alfredo Castro), que quiere irse a la par que su amada Claudia (Ángela Molina), que tiene claro el poner fin a su enfermedad terminal a través de una asociación de muerte asistida ubicada en Suiza. Este planteamiento, desolador de partida, se transforma en un guion plagado de fino humor y, ante todo, de la ternura que rezuma la relación entre Flavio y Claudia. El simple gesto de recoger de la mano de ella unas flores secas del jardín y, a cambio, darle un tazón de desayuno envuelto en una cariñosa mirada, se erige en toda una declaración de amor que compendia la osada determinación de Flavio.

Estructurada teatralmente en tres partes, el arranque de Polvo serán, con un plano secuencia de Claudia, abriendo una cortina roja y recorriendo enloquecida, y operísticamente, su piso huyendo de unos enfermeros mientras suena a pleno pulmón María Callas, ya nos dará el tono de la historia: el de una mujer que desea mantener el control, como diva artística que ha sido, del momento en que baje su telón. El impacto que causará tal decisión en el entorno familiar vertebrará el relato, si bien su fortaleza la potenciarán unos números musicales inauditos, elegantes y plenos de resonancias necrofílicas. Todo por obra y gracia de las personalísimas coreografías de La Veronal, que con su distorsión contemporánea de la danza clásica, tanto actualiza las danzas de la muerte medievales, aligerando su tono macabro, como se apropia de los vistosos efectos caleidoscópicos de Busby Berkeley. Esto sumado a la banda sonora compuesta por María Arnal, plena de contrapuntos sonoros (como las pulsiones de Eros y Tanatos), desemboca en un resultado que haría las delicias del propio Francisco de Quevedo con sus versos sembrados de contrastes.

El original combinado ya ha obtenido numerosos reconocimientos; el primero, en su estreno mundial en el Festival de cine de Toronto, donde obtuvo el premio a mejor película de su sección Platform. En la propia 69ª Seminci se alzó con la Espiga de Plata, por abordar “con sensibilidad e incluso alegría el confrontamiento entre la mortalidad y la vida de una familia”, logrando, asimismo, una mención especial para Ángela Molina y Alfredo Castro, cuyas composiciones aportan esa gran verdad que precisa su especial relación de pareja, con una Molina más que memorable bailando y cantando en esta arquetípica historia sobre una particular despedida.

'Emilia Pérez', puro y emocionante cine postmoderno

Con el nombre de Constelaciones, la Seminci apostó este año por una nueva sección no competitiva donde programar los últimos trabajos de grandes nombres del cine contemporáneo ligados de forma especial al festival vallisoletano. En este marco se seleccionó a Jacques Audiard, cuyo segundo filme Un héroe muy discreto logró la Espiga de Plata en la Seminci de 1996, repitiendo en su edición de 2012 con los premios al mejor director, actor y guion con De óxido y hueso, y un año después con la Espiga de Honor. En 2015 inauguró el festival con Dheepan. Con tales precedentes en Pucela y una larga lista de galardones a nivel mundial por estos y otros largometrajes, se programó Emilia Pérez, todo un gratificante regalo audiovisual.

Pilar Oncina, en otro artículo de esta web, ya nos desgranó certeramente cuál fue su percepción tras verla en la sección Perlak del Festival de cine de San Sebastián, precedida de su triunfo en el Festival de Cannes al erigirse con el premio del Jurado y premio a mejor actriz para todo su reparto femenino. En consecuencia, mis altas expectativas previas a entrar en el vallisoletano Teatro Carrión corrían riesgo de tornarse en decepción. Todo lo contrario, partiendo, eso sí, de que temáticamente es puro delirio. Pero un delirio portentoso.

El cine considerado postmoderno se apropia de referentes culturales de todo tipo, los subvierte o deconstruye y termina ofreciéndonos representaciones que marcan su énfasis en su carácter de ficción, en su ser retratos imposibles de realidades que no son de nadie, porque la objetividad no existe, solo recreaciones o interpretaciones de lo que sucede a nuestro alrededor. En este sentido, Emilia Pérez se erige en un ejemplar exponente de este tipo de cine. Casi lo de menos es la desmesurada trama de un capo del narcotráfico mexicano que en su cambio de vida radical revoluciona el destino de los seres de su entorno, fundamentalmente el de las mujeres que más lo llegan a conocer. Lo relevante es cómo Jacques Audiard, se permite, como francés, mil licencias en su particular visión de un México violento, oscuro y corrupto, le suma mil clichés sobre la masculinidad y la feminidad, lo enriquece con necesidades vitales tan reconocibles como ser fieles a nuestra identidad más íntima y el derecho a las segundas oportunidades y nos lo ofrece con el envoltorio de un puñado de números musicales de tonos y estilos tan variopintos como eficaces. Así, temas como la manipulación judicial, la mafia, la reasignación de sexo, la familia, la autoestima, la culpa, la redención, las víctimas desaparecidas, la venganza, los celos o la glorificación, se sucederán y solaparán al ritmo de una banda sonora tan ecléctica como su carrusel melodramático.

La sofisticación audiovisual de esta insólita propuesta, revela el poder de una puesta en escena musical poliédrica, desde la recitación individual a lo Jacques Demy a la contundencia coral de Pink Floyd-The Wall (Alan Parker, 1982), desde estilos como el pop, rock, rap o reguetón a melodías románticas. Todo tiene cabida y encaja en armonía haciendo avanzar la trama y descubriéndonos la evolución interior de las protagonistas, porque todas ellas cuentan con uno o más números donde brillar de forma especial. La versátil Zoe Saldaña, en la piel de Rita, inaugura su sentir con el intenso “El alegato” y “Todo y nada”, atrapada en sus defensas impostadas y su frustrada labor como abogada mercenaria. Karla Sofía Gascón, estratosférica en su doble personaje, nos conmueve en su arco dramático de transición desde su terrorífico y, a la par, infeliz Manitas susurrando ante Rita “solo deseo ser ella”, a su anhelada Emilia cantando frente a su amada “Qué alegría hacer el amor con amor”. Selena Gomez borda en “Mi camino” la vulnerabilidad revelada en su personaje de Jessi del Monte (qué más da su acento y lo increíble de su ceguera ante Emilia ante esta descomunal fábula fílmica), reivindicando su derecho a quererse y a equivocarse. Y qué decir de otros números musicales como “El trío” (con Zoe Saldaña, en pantalla partida, invocando calma entre la disputa irresoluble surgida entre Emilia y Jessi), el del inocente afán infantil de “Papá” o el del antológico himno coral “Aquí estoy” (imposible que no te traspase). Todo un gran espectáculo musical, con la diversidad por bandera y al servicio de lo más importante: las emociones.

Audiard, a lo largo de su filmografía ya había demostrado su atracción por personajes que saben reinventarse en su camino. Con Emilia Pérez lo ha revalidado con una película llamada a ser de culto, demostrando que el musical sigue siendo el terreno más fértil para materializar todo tipo de sueños y, con ello, trascender límites y fronteras. ¿Acaso la aventura de la vida no consiste en eso, en atreverse y ser capaz de explorar lo que nos espera más allá del arcoíris?

Epílogo

Hablando de explorar, puedes escuchar una selección de la potente BSO de Emilia Pérez pinchando en este enlace.