Tríptico de soledades: ‘María Callas’
Pilar Merino
.- Cuando se va a la ópera uno sabe, salvo que se trate de una compuesta por el magnánimo Mozart, que uno o varios personajes van a morir. Dado que lo hacen cantando, suele ser con una elegancia sobrenatural. Los movimientos de la muerte, gráciles, están teñidos de patetismo y de catarsis.
María Callas en la película homónima de Pablo Larraín (2024), casi siempre Callas, en ocasiones María, vaga por su espléndido apartamento mausoleo de París y recrea fragmentos de su vida con la única compañía de su perro, su cocinera (Alba Rohrwacher), su mayordomo (Pierfrancesco Favino) y los bustos griegos cincelados en piedra de innumerables semidioses y héroes. Callas es Angelina Jolie; con sus manos sarmentosas, que acarician el brocado de las cortinas como mariposas de olivo, imposible no acordarse de las de Ángela Molina, que también cantaba en su último filme Polvo serán (Carlos Marques-Marcet, 2024). Las dos tan ensimismadas, tan consumidas. Tan desvalidas. Todo indica que el acto final está cercano.
Callas-Jolie, empastillada hasta el aturdimiento, rememorará entre sedas, plumas y bibelots exquisitos, retazos gozosos y penosos que devienen en tedio insoportable con el único vaivén de un piano —jamás tocado, esperando que le vuelva la voz a la soprano— que el mayordomo traslada con espalda herida de esquina en esquina. Y aunque, al principio, parece que los primeros instantes de Jolie (con un playback atinadísimo que hubiera hecho las delicias del mismísimo RuPaul en la prueba de sincronización de labios del show que tanta fama le ha dado) no parecen sino augurar la fagocitación de la actriz sobre la soprano, de pronto se obra el milagro y el espectador tiene frente a frente el rostro anguloso de la griega diluidos los rasgos de Jolie en favor de esa mirada melancólica y desencantada de la diva que, en palabras de Pier Paolo Pasolini,”convertía las arias de Verdi en rojas como la sangre”. Y es solo Callas con ese vestuario que quita la respiración -lástima que esa inmarcesible bata de lana gruesa no haya acompañado a Tatiana/Kristina Mkhitaryan en la puesta en escena de Eugenio Oneguin de Tchaikovsky en su reciente estreno en el Teatro Real— y con esas arias que transmiten esperanza, aceptación, sufrimiento y dolor.
Aunque la platónica relación de Pasolini por María no aparezca en la película, resuena por entre los ricos damascos la voz del cineasta que la retrató en Medea (Italia, 1969): “Eres como una piedra preciosa que se rompe en mil pedazos y luego se reconstruye a partir de un material más duradero que el de la vida, el de la poesía”.
El largometraje María Callas pone fin al tríptico de mujeres valientes, titánicas y solas que Larraín se había propuesto retratar. La originalidad de los tres argumentos parte de su vocación no biográfica, concentrándose en determinados momentos de sus azarosas vidas. Emblemáticas ciertas instantáneas, como la de Jackie (2016) con su traje Chanel rosa ensangrentado, la de Spencer (2021) con las perlas del collar rodando por las mullidas alfombras de Balmoral (véase mi crítica en la revista Orphanik) o la de María Callas saliendo a pasear con pañuelo y gafas oscuras por el parque tras el que se recorta la Torre Eiffel. Mujeres valiosas convertidas en trofeo a exhibir de unos mucho menos valiosos hombres que no dudaron en dejarlas abandonadas a su suerte. Por eso sería interesante proponerle al Sr. Larraín que continúe con un políptico de sonoras soledades por el que podrían flanear a sus anchas Ava Gardner, Marilyn Monroe, Billie Holiday, Greta Garbo… y tantas otras cuyos nombres invitamos a escribir en los puntos suspensivos con los que termina esta crónica…