Pilar Merino

.- ¿Puede ser lo feo poético? ¿Habrá resquicios de poesía en las viviendas desaseadas y llenas de grafiti? ¿Tendrán las esquirlas de metralla versos cincelados que riman a escondidas entre sus muescas? Ya Umberto Eco publicaba, tras haber editado su Historia de la belleza (2004), una Historia de la fealdad (2007), e insistía en que la fealdad no era el infierno de la belleza, sino que se regía por cánones diferentes. La historia de Bailey, una niña en la frontera con la pubertad, rima con fealdad. Rima con el desasosiego de un ambiente depauperado en la zona de Gravesham, en el condado de Kent, lugar cerca de la cual nació la directora de Bird, Andrea Arnold.

Arnold se alinea por temática con otros directores contemporáneos que tratan como ella historias de adolescentes problemáticos que crecen en barrios marginados, como la británica Clio Barnard, cuyo falso documental The Arbor (2010), centrado en la vida de la malograda dramaturga Andrea Dunbar, discurre en la localidad de Bradford en Yorkshire. Las imágenes de los patios traseros de las casas y los habitantes de torres grisáceas recuerdan tanto a esta obra, parte de un proyecto para filmar el teatro en las calles con actores naturales, como a otra de las películas de Barnard: Ali & Ava (2022), sobre la que escribí en la revista Orphanik.

Pero Bird recuerda sobre todo al universo de The Florida Project (2017), del estadounidense Sean Baker, con unos niños acostumbrados a campar por sus respetos y a valerse por sí mismos sin atisbo alguno de lamento, con la madurez prematura de quien se sabe dejado de la mano de todos los dioses.  

Arnold, a diferencia de Baker, en lugar de aproximarse a la situación de estos prepúberes desheredados desde la luminosidad de una fotografía saturada y de colores pastel, lo hace desde colores más cercanos a una paleta de grises y con la cámara pegada a sus personajes. Tal forma de grabar provoca una sensación de intranquilidad y agobio acentuado, una sensación de que no es posible desasirse de una historia que se preferiría más distante, y, por lo tanto, más ajena. Con estos planos pegados a la espalda de Bailey, o a su nuca, la cercanía a la protagonista está servida y se suceden las preguntas: ¿qué pensamientos pueden anidar en la mente del que presencia la primera menstruación de esta niña cuando un primer plano nos muestra sus dedos ensangrentados y, posteriormente, unos pantalones de chándal rojos manchados y escondidos entre los resquicios de un cajón desguazado?

Bailey, encarnada por la actriz revelación Nykiya Adams, conocida hasta entonces por sus actuaciones escolares, será capaz de transmitir el hartazgo de ser hija de un okupa Peter Pan (Barry Keoghan), de escolopendra tatuada en el cuello, que pretende escapar de su modus vivendi trapicheando, sacando partido de la salivación de un sapo para conseguir un potente psicotrópico.  

La historia de Bailey recuerda bastante a la de Mia, protagonista de otra de las películas de Arnold, Fish Tank (2009), con la diferencia de una serie de elementos que la directora incluye en este filme y que ahondan aún más en la potencia del elemento poético: la habilísima introducción de una serie de imágenes, fundamentalmente de pájaros, que Bailey graba en su teléfono móvil, desarrollo de aquellas que ya introdujo en Fish Tank cuando Mia grababa sus coreografías con una cámara doméstica prestada, y, sobre todo, la irrupción del personaje de Bird, un estrafalario amigo, interpretado por Franz Rogowski, una especie de “hermano siamés” de Joaquin Phoenix, que consigue, con su interpretación de alambicada y equilibrista delicadeza, hacernos creíble lo mágico inverosímil.

Y cuando ya toda esperanza estaba abandonada en cuanto a afectividad familiar, será la voz de Barry Keoghan, en el papel de un padre que termina no siendo tan descerebrado, la que dará la verdadera dimensión de hasta qué punto Andrea Arnold quiere a los personajes que pinta. Pues suyas son las imágenes que reflejan las verdaderas alas bellas de la fealdad.