No solo de arroz… Perspectivas masculinas en ‘La luz que imaginamos’
Pilar Merino
.- En un mundo en el que la mujer sigue siendo cosificada y ninguneada dentro de la sociedad heteropatriarcal y en el que el cambio de paradigma está provocando una revolución en quienes ejercen de forma natural el machismo, la directora india Payal Kapadia ha conseguido con su largometraje La luz que imaginamos hacernos creer que dos cosas pueden ser posibles: una, que las mujeres están en el camino de expresarse con una voz propia libre de reproches y acritudes revanchistas, y dos, que los hombres también pueden empezar a crear un léxico propio que discurra por caminos ajenos al de la prepotencia y la jaleada acumulación de testosterona.
Así las cosas, en una película como La luz que imaginamos, la cineasta propone tres puntos de partida muy diferentes desde tres arquetipos femeninos distintos, generacional y culturalmente: por un lado, el de Parvati (Chhaya Kadam), cocinera, viuda, de casta inferior, desclasada y desahuciada; por otro lado, Prabha (Kani Kusruti), enfermera, profesional madura, autónoma y competente, víctima de los desafueros de una tradición asfixiante en una sociedad retrógrada (que la abocan a esperar a un eterno marido ausente); finalmente, Anu (Divya Prabha), cuya juventud y mayor inconsciencia y descaro tampoco le facilitarán una vida más llevadera que la de sus compañeras más experimentadas, aunque pretenda zafarse de los prejuicios religiosos y clasistas al embarcarse en una relación con un chico musulmán.
Kapadia coincide con otra directora de origen indio, Sandhya Suri, y su también producción de 2024 titulada en España Secretos de un crimen (Santosh en original), en mostrar cómo el amasijo de prejuicios contra la mujer india pasa también por la dependencia de esta una vez contrae matrimonio, muchas veces todavía concertado, y el total desamparo en que se queda en el caso de enviudar. Suri, como Kapadia, expone una realidad que todavía dista mucho de estar solventada en la sociedad india: el sistema de castas, que añade más complejidad a las situaciones de discriminación y de abusos. No es lo único que une a ambas cineastas, ya que tanto Kapadia como Suri se plantearon primeramente rodar documentales con el material de que disponían, desistiendo de ello por los múltiples obstáculos encontrados.
Los personajes masculinos que se engranan en las tres historias de La luz que imaginamos añadirán una especial riqueza a la película, incluso a pesar de la ausencia de dos de ellos por motivos diferentes. Así, aunque casi nada sabemos del marido de la viuda Parvati, su desaparición le hará perder todo derecho a aspirar a una vivienda. Esta misma situación se corresponde con la que atravesará la viuda Santosh, protagonista de la citada Secretos de un crimen, que “heredará” la profesión de policía de su marido en virtud de un curioso decreto en vigor en la India. Es de suponer también que, dado que las viudas quedan a merced de la familia política, en el caso de Parvati y dada su edad, esta quedaría condenada a la casi total indigencia, lo que moverá a Prabha y Anu, en gesto de sororidad, a acompañarla a la costa en busca de una nueva oportunidad laboral.
En el caso de Prabha también escaseará la información del marido ausente, residente en Alemania, deteniéndose más su historia en su vínculo con el Dr. Manoj (Azees Nedumangad), que desgrana un manojo de desmañadas artimañas para intentar conquistarla. A través de este personaje masculino, discriminado en el hospital por razones de idioma, etnia y casta, se subrayará especialmente cómo la lengua, relacionada con la posición social, juega su particular papel en el complejo sistema de rechazos y segregaciones, pudiendo escucharse, entre otros en su versión original, el hindi y el malabar.
En relación con Anu conoceremos a Shiaz (Hridhu Haroon), cuya única “culpa” en este caso, aparte de ser joven y enamorado, deriva de su práctica de otra religión, y que se deslizará, entre timorato y curioso, por los vericuetos de una intimidad buscada por la más intrépida Anu. En sus escenas conjuntas otra valentía debemos agradecer a Kapadia: mostrarnos sus encuentros con unos matices que derrochan delicadeza y poesía, en planos que quizá no sean muy habituales, por explícitos, en una cultura como la india.
En el tramo final, la llegada de las mujeres a la playa propiciará un onírico encuentro de Prabha con un enigmático personaje masculino, que suscitará una reflexión en torno a la arrocera del inicio del filme. Kapadia conseguirá mediante este catártico episodio que Prabha se desligue del peso de una tradición ancestral que ha lastrado tanto su hipotética relación con el doctor, como la aceptación del amor entre su amiga Anu y Shiaz.
Con todo ello, la directora no solo ha logrado que como espectadores hayamos asistido al crecimiento y liberación de Prabha, sino también que dos de los personajes masculinos, el Dr. Manoj y el joven musulmán, sean mucho más que títeres secundarios o meras apoyaturas de personajes femeninos mucho más delineados, situándose en el camino de ofrecer nuevas perspectivas en las relaciones personales que nos acerquen a esa luz mucho más incandescente y humana que todos queremos imaginar.