Doce uvas cinéfilas
.- Ya instalados en el primer día del nuevo año, con el eco aún reciente de las campanadas y las uvas del 31 de diciembre, habrá quien, con saludable desapego, haya pasado ya página y esté entregado desde anoche a la lista de buenos propósitos: todo aquello que ahora sí, sin excusas, haremos este año recién estrenado… o que volveremos a lamentar no haber cumplido cuando lleguen las próximas campanadas. Pero quizá convenga, al menos hoy, dejar que el tiempo se acomode sin prisas. “No nos pongamos estupendos”, como advertía Valle-Inclán en Luces de Bohemia, mucho antes de que el cine lo reformulara como exabrupto explícito y celebratorio en Pulp Fiction (1994).
Para muchos cinéfilos, este tránsito de año habrá traído consigo un ritual ineludible: regresar a ciertas películas. Entre ellas, seguramente: ¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra, Mientras dormías (1995) de Jon Turteltaub, Love Actually (2003) de Richard Curtis, o Mujercitas en cualquiera de sus versiones: Cukor (1933), LeRoy (1949), Armstrong (1994) o Gerwig (2019), ya que, como sucede con el roscón de Reyes, cada cual añade su fotograma o relleno favorito como guinda escarchada particular que le dé más sabor.
Pero si algo define al cinéfilo “pro” es la necesidad de cerrar el año con una lista. Una lista de películas, claro está. Porque no vamos a ser menos que Sight & Sound, Cahiers du Cinéma, Caimán o Cinemanía.
Anoche, entre uva y uva, pensé en cuáles habían sido las mías: las doce películas que marcaron mi año. Y, casi sin darme cuenta, aparecieron también los polvorones: esas cintas más difíciles de digerir, como esos dulces que amas u odias, y que muchas veces tienes que suavizar con un buen cava, o volver a ver, por si acaso esta vez sucede algo distinto.
Ninguna de estas películas me ha dejado indiferente; todas permanecen en mi memoria. Porque cuando se inocula el virus de la pasión por el cine nace una pulsión irrefrenable por verlo todo y disfrutar de todo, incluso de los polvorones. Eso sí, preferiblemente regados con una copa de cava.
Las uvas
Perro Negro, de Guang Hu. China.
Faltan cincuenta días para la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín de 2022. Pero no estamos en la capital ni en ningún escenario de postal, sino en los márgenes del desierto de Gobi, en la provincia de Qixia.
De Lang sabemos poco. Acaba de salir de la cárcel por buena conducta tras verse implicado en un homicidio involuntario: la muerte del sobrino de uno de los gerifaltes de su pueblo. Lang es un extraño cruce entre Buster Keaton y Clint Eastwood. Apenas habla. Se comunica escribiendo, en un papel, unos pocos caracteres chinos.
El plan de modernización local pasa por el derribo sistemático de las casas antiguas y por la captura de la multitud de perros abandonados que vagan libremente por los alrededores. Entre todos ellos destaca un perro negro, temido por su agresividad y por el rumor de que transmite la rabia.
Acompañaremos a Lang en una sucesión de peripecias que casi nunca le salen bien, y poco a poco nos veremos implicados en las deudas morales que ha ido contrayendo en su camino.
Dominada por una paleta de sepias, marrones y grises, la película mezcla la nostalgia de algo ya inaprensible con la crudeza de esas reeducaciones en las que se empeñan los gobiernos.
Perro negro es, ante todo, el retrato de la personalidad de Lang: un hombre cuya conducta nos dejará su huella por ofrecernos una lección indeleble de humanidad. Aquello que oíamos de devolver el bien por el mal, pero dicho en chino.
Imborrables:
- El cartel de la película.
- La escena en la que Lang descubre por primera vez al perro y lo persigue entre edificios abandonados, en la línea del mejor Buster Keaton.
- El momento en que escuchamos a Albéniz rasgueado en una guitarra, en el patio polvoriento de un pueblo olvidado en el desierto de Gobi.
- El primer plano final de Lang: sus facciones talladas en amarillo arena, sus ojos entornados y, por única vez, una especie de sonrisilla.
Perro negro puede verse actualmente en Movistar.
Sirât, de Oliver Laxe. España-Francia.
Al revisitar esta película (de la que ya escribí aquí), cada nuevo visionado revela más enseñanzas vitales.
Sirât, en árabe, designa el camino o el puente que cruza sobre el infierno y que las almas deben atravesar para alcanzar el Paraíso. No es extraño, por tanto, que a algunas personas esta uva se les atragante. Laxe, nada compasivo, se empeña en que sean los personajes desclasados (o actores naturales encontrados en raves, esas “fiestas multitudinarias, a menudo clandestinas, centradas en música electrónica”, según la Fundéu, asociadas usualmente a ambientes alternativos y consumo de sustancias) quienes nos guíen por el camino de la aceptación y la serenidad. Y eso incomoda. No es fácil.
Tampoco lo es el trayecto que emprenden un padre y su hijo pequeño en busca de una hermana que se ha marchado voluntariamente. Sergi López, inconmensurable, consigue que todos seamos ese padre dispuesto a adentrarse en territorios radicalmente ajenos, en códigos y lenguajes indescifrables, con tal de encontrar a su hija.
Rodada entre la Rambla Barrachina y la Laguna de la Tortajada, en Teruel, por su semejanza con un paisaje desértico (esperemos que no se conviertan en lugar de peregrinación al estilo de El Señor de los Anillos en Nueva Zelanda), y en Marruecos, en las zonas de Er-Rachidia y Erfud, la película abandona aquí el sepia neblinoso de nuestra primera uva. En su lugar dominan la luz cegadora del desierto inclemente y el frío irreductible de la noche, dos extremos tan próximos que terminan por invadirnos en nuestro asiento.
Imborrables:
- La banda sonora de Kangding Ray, concebida para que “pueda verse el sonido y oírse la imagen”, un propósito logrado con creces.
- Todo el tramo final de la película.
- La última imagen del tren, custodiado por un ejército convencional frente a otro, aún más numeroso, de desheredados.
Sirât puede verse actualmente en Movistar.
Urchin, de Harris Dickinson. Reino Unido.
El actor Harris Dickinson, que ha trabajado nada menos que con directores de la talla de Ruben Östlund en El triángulo de la tristeza (2022) y Sean Durkin en El clan de hierro (2023), debuta aquí, tras varios cortometrajes, como guionista y director. Lo hace contando la historia de un sin hogar, término que en argot da título a la película.
Lo verdaderamente interesante es que este desarraigado, que lucha por reinsertarse tras pequeños hurtos cometidos para sobrevivir y que ha quedado fuera del llamado sistema, no es un inmigrante, figura que cierta “gente de bien” dejaría de lado llenándose de razones justificativas de la marginación. Es un nacional, alguien que ha salido del sistema y atraviesa situaciones (como la recaída en el consumo de sustancias) perfectamente normalizadas en una sociedad que, paradójicamente, le niega cualquier posibilidad de redención.
Con una mirada fresca y nada complaciente, Dickinson se apoya tanto en la profesión de su padre como en su propia experiencia como voluntario en una organización comunitaria del este de Londres. El resultado lo sitúa como un digno heredero de maestros como Mike Leigh y Ken Loach, ofreciendo una reinterpretación actualizada de los caminos por los que transita el nuevo cine social británico.
Imborrables:
- Solo un director británico podría retratar con tanta precisión a la trabajadora social a través de gestos mínimos y planos de objetos: la sopa de tomate calentándose o el té que se bebe frente a un hombre que no ha probado bocado en días.
- El uso del fuera de campo en lo referente a la vida de Mike: basta una conversación telefónica de menos de un minuto y dos palabras (“es complicada”) para definir su situación familiar.
- La actuación de Frank Dillane, una especie de Chalamet desgalichado.
On falling, de Laura Carreira. Reino Unido-Portugal.
Ópera prima de la portuguesa afincada en Edimburgo, Laura Carreira. De nuevo, la precariedad. Esta vez encarnada por una emigrante portuguesa que trabaja como mozo de almacén para una conocida empresa tecnológica global. Paradójicamente, la eficiencia del sistema logístico se basa en que los artículos iguales no se ubiquen juntos, sino mezclados y diseminados en hangares gigantescos. Aurora, la protagonista, pasa las horas desplazándose de un punto a otro con un lector de códigos de barras. Sin más. Desvalida, sola, casi sin intercambiar palabra con nadie.
Debe elegir entre pagar la gasolina de la compañera que la lleva al trabajo o comer. La referencia a Tiempos modernos (1936) de Chaplin resulta inevitable, pero Carreira prescinde de cualquier subrayado dramático para centrarse en la soledad extrema de unos trabajadores que apenas se comunican entre sí, en un mundo donde hay que decidir si gastar cien libras en alimentarse o en reparar un teléfono móvil.
La alienación y el aislamiento que se desprenden de cada escena son un auténtico bofetón para cualquiera que se considere humano.
Imborrables:
- Las escenas de la cocina compartida y de la ducha, en las que Aurora comete pequeños hurtos (galletas, champú) entre las pertenencias de sus compañeros para poder sobrevivir.
- El plano del parque en el gélido invierno escocés: Aurora, tendida en el suelo, es encontrada por un transeúnte al que asegura que no le ocurre nada, mientras se aleja de él a toda prisa.
Los tigres, de Alberto Rodríguez. España-Francia.
¡Qué interesante es siempre lo que cuenta Alberto Rodríguez en sus películas! Y, sobre todo, qué bien lo cuenta.
Con una aparente simplicidad narrativa, Rodríguez logra mantener al espectador pegado a la butaca gracias a la intriga que atraviesa sus historias. Pero no se conforma con eso, que ya sería suficiente. Bajo cada uno de sus argumentos late una poderosa crítica social, una mirada de denuncia que ha estado presente desde títulos como 7 vírgenes (2005) hasta La isla mínima (2014) o Modelo 77 (2022).
En Los tigres aparece, además, un nuevo elemento en su filmografía: el drama familiar, encarnado en dos hermanos, buzos industriales, interpretados por Bárbara Lennie y Antonio de la Torre, a quienes la vida no les ha tratado precisamente muy bien. El mundo profesional que retrata la película es fundamentalmente masculino (solo el 8 % de los buzos son mujeres), circunstancia que añade significado a la presencia del personaje de Lennie.
No sé si la sociedad en general era consciente de la precariedad extrema y el riesgo constante de una profesión como la del buzo industrial en el entorno del puerto de Huelva, pero quien vea esta película difícilmente podrá olvidarlo. Como afirma el propio Alberto Rodríguez: “Todos los buzos nos decían que un buen día para ellos es aquel en el que no se mojan”.
Imborrables:
- Las escenas submarinas, de una complejidad técnica y una belleza difíciles de describir, rodadas en un tanque de los estudios de la Ciudad de la Luz con la colaboración de un equipo de 144 profesionales. También se filmaron secuencias en Algeciras y en Albacete, en el nacimiento del Guadiana, en un bosque sumergido.
- El inicio y el final de la película, que abrochan un guion sin resquicios y, además, le añaden la poesía de lo que podría ser un cuento oriental.
The last showgirl, de Gia Coppola. Estados Unidos.
Varias mujeres se enfrentan a su propio declive. Son bailarinas de un espectáculo de Las Vegas que cierra de manera abrupta. Tras treinta años de profesión, se ven obligadas a reinventarse.
Gia Coppola siempre quiso ambientar una película en Las Vegas, ese símbolo decrépito de consumismo y falsa magia. Según ha contado, en su época de estudiante atravesaba el país en coche camino de la universidad y siempre se detenía allí para hacer fotografías.
Al compartir esta fascinación con su primo, David Shire, este le comentó que su esposa, Kate Gersten, había escrito una obra de teatro centrada precisamente en el mundo de estas bailarinas. Coppola tuvo además la oportunidad de ver Jubilee!, uno de los últimos espectáculos de este tipo: 85 bailarinas sobre el escenario y 45 personas entre bambalinas para un público que apenas superaba la quincena de espectadores. La imagen era tan desoladora como reveladora.
Los personajes principales (Pamela Anderson, antigua estrella de Los vigilantes de la playa; Jamie Lee Curtis y Dave Bautista) encarnan, con la veteranía que conceden las arrugas, los desengaños y las tablas, los avatares de unas vidas que se desperezan más allá del oropel. Intentan renacer, como un ave fénix, de las cenizas de un mundo sin lentejuelas ni abalorios, pero con algo mucho más valioso: dignidad y amor propio.
Difícilmente podría imaginarse una reivindicación más justa de la carrera de la tantas veces vapuleada y encasillada Pamela Anderson. Y resulta inevitable pensar también en el reciente redescubrimiento de otra actriz monumental como Demi Moore en La sustancia (2024), de Coralie Fargeat.
Imborrables:
- El cartel de la película: un primer plano crepuscular de Pamela Anderson en una azotea de Las Vegas, luciendo un impresionante penacho de plumas y pedrería.
- El baile de Jamie Lee Curtis, escena improvisada rodada en una sola toma, a medio camino entre la parodia y el ocaso, mientras suena Total eclipse of the heart de Bonnie Tyler.
The last showgirl puede verse actualmente en alquiler en Filmin, Movistar y Apple TV.
Subsuelo, de Fernando Franco. España-Uruguay.
Tras La herida (2013), Fernando Franco regresa con un relato perturbador. Eva y Fabián son dos hermanos mellizos. Están en su chalet. Hay una conversación con un tercer adolescente, enamoriscado de Eva. Ocurre algo terrible que nunca llegamos a conocer del todo. Luego sucede algo aún más terrible.
Entre medias, a través de retazos, de secuencias fragmentadas y de conversaciones sugeridas en las pantallas de los móviles, intuimos que muchas cosas han debido ocurrir fuera de campo. Avanzamos a ciegas. Todo se construye desde lo sugerido, lo intuido, lo cruel. Un miedo soterrado se filtra poco a poco y se contagia como un mal presagio de algo que nunca termina de nombrarse.
Hasta aquí se puede leer.
Interpretaciones magistrales de Diego Garisa y Julia Martínez.
Imborrables:
- Los doce minutos del plano secuencia inicial.
- Las pantallas de los móviles, que transmiten una sucesión de mensajes capaces de comunicar miedo y desasosiego al espectador.
- La música diegética y la incidental (esa que da miedo de verdad, aunque parezca que no) a cargo de Maite Arroitajauregi.
Maspalomas, de José Mari Goenaga y Aitor Arregi. España.
Maspalomas provoca más que miedo (que también, en alguna de sus acepciones), tristeza. Y recuerda que aquello que creemos haber conquistado, la supuesta aceptación plena del mundo gay a cualquier edad en nuestra sociedad, no es tan real como nos gusta pensar. Es un espejismo. Como lo fueron tantas lamentaciones y golpes de pecho pospandémicos en torno al bienestar de nuestros mayores.
Vicente, de 76 años, afincado en Maspalomas, uno de los grandes paraísos del turismo gay, se ve obligado a regresar a una residencia en San Sebastián por motivos de salud. Allí vuelve a sentirse desarraigado y se enfrenta, además, al reencuentro con una hija a la que no ve desde hace tiempos inmemoriales.
Cuando Vicente decide salir de su armario particular, la directora progre de la institución residencial le sugiere que quizá no sea conveniente para el resto de los residentes…
Imborrables:
- La media hora inicial, que nos sumerge en el ambiente homosexual de Maspalomas.
- Las conversaciones con el compañero de cuarto de Vicente.
- El clima de la residencia y la sensación de haber aparcado a nuestros mayores sin volver a mirarlos a la cara.
- La hipocresía de la normalización de lo gay, y, en general, de la vida sexual, en la vejez.
Maspalomas sigue actualmente en cartelera en los cines.
Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson. Estados Unidos.
Un exrevolucionario, interpretado por un Leonardo DiCaprio cada día mejor actor, se ve obligado a volver a la carga para salvar a su hija. En el camino deberá enfrentarse a un líder supremacista encarnado por Sean Penn. Sobre el papel, el argumento parece sencillo, pero con Paul Thomas Anderson todo es excesivo, verborreico y tremendo.
Su particular tino para satirizar ambos bandos (los antiguos terroristas y los no menos anacrónicos fachas americanos) destila tanto vitriolo que las risas están servidas. Hasta que uno se detiene a pensar y comprende que gran parte de lo parodiado sigue plenamente vigente. Que la sátira no es pasado, sino presente. Y eso, a poco que se reflexione, resulta escalofriante.
Es inevitable mencionar aquí a la imagen especular de esta película: Eddington, de Ari Aster, que parece otro capítulo de la misma pesadilla, en esta ocasión centrada en la elección de un alcalde amañada en plena era pandémica. Joaquin Phoenix y Pedro Pascal se encargan de que esta distopía de Aster resulte inquietantemente verosímil.
Imborrables:
- Las escenas en las que DiCaprio, maestro del humor, deambula en albornoz por centros comerciales en busca de cabinas telefónicas, identificándose mediante códigos ante sus antiguos correligionarios.
- La banda sonora, con una melodía de piano que se infiltra por cada poro.
Una batalla tras otra puede verse en HBO y Movistar, y en alquiler en Filmin, Rakuten, Amazon y Apple TV. Eddington está disponible en alquiler en Filmin, Apple TV, Movistar y Amazon.
Father mother sister brother, de Jim Jarmusch. Estados Unidos.
Tres pequeñas historias, auténticos cantos al silencio y a la impostura, con la familia como hilo conductor. Cada una de ellas es una joya minimalista que inevitablemente remite al cine de Yasujirō Ozu.
Un reto interpretativo para un elenco de campanillas, contagiado del espíritu burlón que late en el cineasta estadounidense, que acaba de solicitar la nacionalidad francesa como gesto de protesta.
Imborrables:
- El juego de detectar los elementos comunes que atraviesan las tres historias (patinadores, brindis con agua, cajas de cartón) como si se tratara de un “juego de las diferencias” entre amigos.
- El humor cínico de la primera historia, con Tom Waits, Adam Driver y Mayim Bialik, cuya trama queda grabada en la retina.
Father mother sister brother, está actualmente en cartelera.
Todo lo que no sé, de Ana Lambarri. España.
La debutante Ana Lambarri advierte que a Laura, la protagonista de su película, interpretada por Susana Abaitua, no hay por qué quererla. Según la directora, el filme aborda el egoísmo de una mujer obligada a sacrificar su carrera profesional para cuidar de su padre enfermo. Un egoísmo que ni su pareja ni su familia parecen dispuestos a comprender.
Sin embargo, resulta difícil no empatizar con un personaje que maneja su rabia reivindicativa con absoluta coherencia. De hecho, quienes acaban pareciendo verdaderamente egoístas son los personajes que la rodean.
Imborrables:
- La audacia en la creación de un personaje como Laura.
- El sólido elenco: desde Susana Abaitua hasta Francesco Carril como el novio, Natalia Huarte en el papel de la hermana y Ane Gabaraín como la madre.
Todo lo que no sé puede verse en Movistar.
Golpes, de Rafael Cobos. España-Francia.
Muchas dudas en esta duodécima uva. Finalmente, la elección de esta última uva recae en una reivindicación del cine quinqui: Golpes. Su director, Rafael Cobos, ha sido coguionista habitual de Alberto Rodríguez en ocho películas y dos series, incluyendo trabajos como La isla mínima (2014), El hombre de las mil caras (2016) o, más recientemente, junto a Fran Araujo, la serie Anatomía de un instante, basada en la novela homónima de Javier Cercas sobre el golpe de Estado de Tejero en 1981.
Ambientada en los años 80, Golpes cuenta la historia de dos hermanos: Migueli, recién salido de prisión, y Sabino, policía nacional. Ambos, interpretados por Jesús Carroza y Luis Tosar, son perdedores a su manera y enfrentan ideas distintas sobre cómo honrar la memoria de su padre.
Cobos añade delicadeza y poesía a la típica película de atracos, jugando además con fragmentos de documental de la época que enriquecen el relato y lo anclan en un contexto histórico y social concreto.
Imborrables:
- El prólogo inicial, cuando los dos protagonistas eran niños, y la historia de su padre fusilado en la Guerra Civil.
- La banda sonora de Bronquio y las canciones del grupo Triana.
- La historia en torno al simbolismo del bañador que luce un actor en una revista de la época dorada del papel cuché.
La uva viuda
Los domingos, de Alauda Ruíz de Azúa. España-Francia.
La uva viuda es una rareza inclasificable, capaz de hacer que cada espectador sienta que defiende exactamente lo que piensa.
La directora y guionista vizcaína ha demostrado siempre una sensibilidad particular, acompañada de escasa cobardía y nula complacencia, a la hora de abordar temas espinosos como la maternidad o el maltrato en el matrimonio, sin rehuir la polémica. Si ya en su primer largometraje, Cinco lobitos, se alejaba de los parámetros socialmente aceptados sobre lo que debe ser una “buena madre”, no le fue a la zaga en la exitosa serie Querer, donde una mujer de clase media-alta decide separarse de su marido alegando malos tratos continuados.
Ahora, Ruiz de Azúa se adentra en un terreno igual o más espinoso: la decisión de Ainara, una adolescente huérfana de madre, perteneciente a una familia tradicional vasca, de profesar como monja de clausura. La película ha generado un aluvión de interpretaciones contrapuestas: desde quienes ven una crítica a la captación de adolescentes por parte de instituciones religiosas, hasta quienes creen que se trata de una complaciente aceptación de la llamada espiritual.
Curiosamente, esta ambivalencia quizá haya contribuido a que la película lleve más de dos meses en cartel, algo sorprendente para un filme que no es un taquillazo de superhéroes ni un blockbuster estadounidense.
La película, llena de aristas, no solo aborda la decisión crucial de una chica de 17 años y la reacción de su padre, sino que, fiel al estilo de la directora, explora también las complejidades de las relaciones familiares: dinero, nuevas parejas, favoritismos entre hijos, mentiras, frustraciones y pasotismo educativo, por citar solo algunos de los enigmas periféricos que se cruzan en la historia.
Imborrables:
- El momento en que el coro interpreta Into my arms, de Nick Cave, con arreglo de Alberto Iglesias. Cave escribió la canción mientras estaba en un centro de rehabilitación, y el único día que podía salir era el domingo, para asistir a misa.
- El plano final en el que Ainara, ya novicia, sale por la puerta lateral del convento y encuentra en el primer banco a la que fuera su familia.
Los domingos sigue actualmente en cartelera.
Los polvorones (habrá que probarlos de nuevo)
Bugonia, de Yorgos Lanthimos. Irlanda-Reino Unido-Estados Unidos-Corea del Sur.
Lanthimos es magistral, con un universo propio que situó al cine griego en el mapa mundial. Tras obras memorables como Canino (2009), Langosta (2015) o El sacrificio de un ciervo sagrado (2017), sucumbió por un exceso de amor al encuadre ojo de pez. Yo digo que se lo regalaron los Reyes Magos un año, especialmente en La favorita (2018), maravilla de Alicia en el País de las Ídem. Tras dos primeras interesantes historias en Kinds of kindness (2024), regresa con Bugonia (2024), una historia conspiranoica de muy mal rollo. Jesse Plemons y Emma Stone brillan en un duelo interpretativo, y la fotografía de Robbie Ryan es, como siempre, espectacular. Excesiva y verborreica, sería imprescindible volver al verla al menos para revisitar la mirada rompedoramente innovadora de Ryan.
En cartelera y en alquiler en Apple TV y Amazon.
Valor sentimental, de Joachim Trier. Noruega-Alemania-Dinamarca-Francia-Suecia-Reino Unido.
Un Ingmar Bergman con bonhomía: casoplón noruego, contraventanas verde carruaje, y un Stellan Skarsgård impecable como padre arrepentido ante su hija, la maravillosa Renate Reinsve, Shakesperiana a más no poder, cual Cordelia fané y descangallada. No me parece mal. Pero no termina de funcionar. Y me cuesta entender qué papel juega Elle Fanning en la trama, más allá de la necesidad, quizá contractual, de incorporarla al reparto.
Dicen que todo depende de la edad: que si eres millennial o de la generación X conectas más con La peor persona del mundo (2021), y que si eres boomer, esta te interpela de otro modo; siento defraudar estas expectativas.
De curiosa concomitancia con Jay Kelly (2025) de Noah Baumbach, otro ajuste de cuentas, en este caso de un actor (George Clooney) con su pasado.
Valor Sentimental está actualmente en cartelera; Jay Kelly en Netflix.
Alpha, de Julia Ducournau. Francia-Bélgica.
Algo le ha pasado a Julia. Algún día contaré cómo estuve a punto de jugarme la reputación profesional por culpa de una proyección de Titane (2021).
Hubo un tiempo en que Julia Ducournau era el no va más. Crudo (2016) nos dejó boquiabiertos y profundamente desolados. Aquí, sin embargo, parece encasquillada en la historia de un adicto a la heroína, interpretado por un Tahar Rahim hipnótico en su pura consunción. Cuesta reconocer en él al actor de Un profeta (2009), de Audiard; hay que mirarlo dos veces para creerlo.
Julia, vuelve en ti. Necesitamos de nuevo tu mirada lúcida y desprejuiciada, esa que no teme a las vísceras ni a la sangre y que siempre consigue pillarnos desprevenidos.
Romería, de Carla Simón. España-Alemania.
La cara B de la cuestión de las adicciones. La cara B de Alpha. Ni una cosa ni la otra. La directora se adentra en su universo más íntimo, pero lo hace desde una romantización tan marcada que cuesta enormemente empatizar. Tal vez la potencia de la otra película de su trilogía, Alcarrás (2022), lo haya eclipsado todo.
Lo único que permanece con nitidez en mi memoria (y que sigue regresando muchas noches) es la coreografía de Y bailaré sobre tu tumba, de Siniestro Total. Solo por ese instante merece la pena ver la película. Esa imagen se me apareció, curiosamente, mientras veía Alpha.
Blue Moon, de Richard Linklater. Estados Unidos-Irlanda.
Antes del amanecer, antes del atardecer, antes del anochecer. En fin, todo está bien. Siempre me pareció un placer escuchar las interminables conversaciones de Ethan Hawke y Julie Delpy: en trenes, hoteles, en cualquier lugar. Con el debido permiso de Éric Rohmer.
Aquí también empezamos bien. Pero después de pasar tanto tiempo en el bar Sardi con Lorenz Hart y haber escuchado apenas unas pocas canciones del incomparable letrista, desearíamos que se hubieran servido unos cuantos dry martinis. Quizá así podríamos olvidar (como el borracho de El Principito de Saint-Exupéry) que bebemos para olvidar que bebemos.
Ethan Hawke, inmarcesible.
Blue Moon puede verse actualmente en Netflix.
Roscones de los que traen los Reyes Magos
Roscones. Con o sin relleno. Con sorpresa, a ser posible. O con el haba que obliga a pagarlos.
Con el paso del tiempo uno se vuelve más de Reyes Magos. No sé… parecen más simpáticos. Más de aquí. Con su oro, su incienso y su mirra. Con esa mirada nostálgica que anuncia la vuelta a la rutina y la mala leche de tener que quitar el árbol. Con el turrón a medio acabar y las copas de coñac a medio beber. Ah, y el agua para los camellos.
Tardes de soledad, de Albert Serra.
Imposible no admirar cada plano. Imposible olvidar las caras iniciales de los toros y la forma de vestirse de Roca Rey. Que gusten o no los toros pertenece a otra película distinta a esta. Aquí se trata de cine, y del bueno.
Ya publiqué en esta web mi crítica.
Tardes de soledad puede verse en Movistar y en alquiler en Apple TV.
Flores para Antonio, de Elena Molina e Isaki Lacuesta.
La familia Flores forma parte de nuestra memoria colectiva. Todos perdimos un pendiente aquella Nochevieja en la que lo perdió Lola.
La manera en que Alba González, con 33 años (la misma edad que tenía su padre al morir) se adentra en la vida de Antonio es delicada, sin alharacas. Hay tanto material de archivo, tantos dibujos y maquetas inéditas, que uno siente estar a medio camino entre un NO-DO y un episodio navideño de Cachitos. Los lagrimones suelen caer.
La gente aplaudió al final del documental en el cine. Y no es habitual.
Flores para Antonio está actualmente en cartelera.
Ciudad sin sueño, de Guillermo Galoe.
La vida en la Cañada Real. Así, sin más. Magia, ficción y realidad entrelazadas. Guillermo Galoe, que de adolescente vivió en un barrio colindante, lleva yendo allí desde 2019, cuando comenzó un proyecto de enseñanza audiovisual con móviles para niños y adolescentes del barrio. Filmó durante los cortes de luz y la tormenta Filomena. El resultado mezcla ética, verdad y emoción, y resulta inevitable relacionarla con otra película muy querida por esta página: La niña de la cabra, de Ana Asensio.
Rodada con actores naturales, es imposible apartar la vista de Toni (Antonio Fernández Gabarre) y Nasser (Bilal Sedraoui). No he sido capaz de confirmar si la niña protagonista se llama Felisa Romero Molina. Ojalá que sí.
Ciudad sin sueño puede verse en Filmin, al igual que La niña de la cabra.
Ana Asensio Burriel, alma mater de esta página, suele venir a Madrid por Navidades desde su Zaragoza natal. Le acompaña la aguerrida fotógrafa Pilar Lanuza. Mujeres intrépidas e incansables, siempre llegan a la capital pertrechadas con Frutas de Aragón, siempre haciendo patria, y unos bolígrafos donde se han hecho estampar la leyenda: “¡Que viva la cinefilia que nos une!”. ¡No se me ocurre mejor colofón para brindar con todos vosotros en este recién estrenado 2026!
3 thoughts on “Doce uvas cinéfilas”
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Qué placer de Reyes, magos o no, leerte y saborear como un buen turrón de Casa Mira, cada observación, comentario y matiz de las películas seleccionadas, de las que vistas o no, pero con la información de todas en su estreno, me dan ganas de visualizar una tras otra; porque igual que has encontrado momentos imborrables en cada una, yo me quedo con este resumen difícil de borrar de mi mente. Y vaya final dedicado a nuestra querida maña!! Gracias por este regalo navideño de cine. Mil besos, Pilarica mía.
Mil gracias por tus bellas palabras!
Y mil gracias por leerme !
Que viva la cinefilia que nos une !
Qué maravilloso catálogo y qué exquisita descripción. Alternaré uvas y polvorones y me detendré en esos «imborrables» que seguro serán tan acertados como todo lo que escribes.