Te invito a un paseo en imágenes por el interior de uno de los mejores festivales de cine de España. A punto de cumplir siete décadas, la Seminci se erige como todo un ejemplo de renovación. Y lo mejor: la calidad de su variada programación. En 2025 se estrenarán diversas joyas fílmicas que pudimos disfrutar en su 69ª edición.

Ana Asensio

.- Nació en marzo de 1956 como Semana de Cine Religioso vinculada a la popular Semana Santa de la ciudad. En 1960 se convirtió en Semana Internacional de Cine Religioso y de Valores Humanos. En 1973 se independizó de dicha temática para adquirir vuelo más genérico, adoptando el nombre actual. En 1984 un cartel de estética pop denominado El beso del celuloide, obra del pintor Manuel Sierra, aportaba un toque de modernidad. En 2024, la roja huella de unos carnosos labios, indisoluble emblema gráfico del festival que ha pervivido durante cuarenta años con ligeros retoques, ha experimentado su propia actualización. La nueva identidad visual de la Seminci se basa en los conceptos de simplicidad y versatilidad. Rojo, negro y blanco en equilibrada alternancia y una tipografía propia, denominada ‘Seminci Sans’, completan esta nueva apuesta por una incesante evolución.

Inevitable que estos labios, más adaptados a los tiempos digitales, no hayan encontrado unánime aceptación. Pero puedo dar fe del amplio juego que este más ligero diseño ha aportado en las animaciones divulgativas de la 69ª edición.

El pasado y el presente se daban ya la mano entrando en el Espacio Seminci, ubicado en el Teatro Calderón con acceso por la calle Leopoldo Cano. Espacio de convivencia entre el mostrador de acreditaciones, el rincón para la prensa y la tienda. La colección de carteles de las diferentes ediciones, aportaba una colorida medida de la rica diversidad que conforma su historia. 

En ese afán por ofrecer nuevas propuestas, destacaría una exposición con vocación de ser cita en futuras ediciones: Huellas y fugas. El cine español en Seminci. Una propuesta por aproximar al público parte del laborioso proceso creativo de una película. En concreto, para este año se escogieron 17 largometrajes españoles programados en el festival, tanto en Sección Oficial, como en las secciones Tiempo de Historia y Alquimias. Y si bien el espacio elegido de la Oficina de Turismo de San Benito podía haber albergado más piezas ilustrativas, las mostradas aportaban interesante información sobre el esfuerzo técnico y artístico que implica materializar un filme desde una simple idea. Dos de los llamativos trajes usados en las coreografías de Polvo serán (película inaugural de esta edición, de la que escribí anteriormente) servían de oportuno punto de fuga.



Entre proyecciones,
exposiciones

Entre el denso panorama de visionados que la mayoría nos preparamos cuando acudimos a un festival de envergadura, resulta saludable estirar bien las piernas. Y si las exposiciones son lo tuyo, Pucela no te defraudará. El Ayuntamiento de Valladolid, como ya ha propiciado en otras ocasiones, tuvo la afortunada iniciativa de promover, coincidiendo con la Seminci, otra muestra cinematográfica. En la céntrica Sala municipal de exposiciones del Museo de La Pasión, cabía sumergirse en el Surrealismo fantástico de David LynchLa planta calle albergaba un completo repaso a toda la filmografía de este polifacético artista a través de una amplia cartelería y fragmentos audiovisuales; la planta superior, por su parte, acogía una muestra de su obra pictórica. Lástima que muchos no pudiéramos aprovechar, por su limitada oferta, las visitas guiadas anunciadas, pues acostumbran a ser sobresalientes.

'Memoría y utopía': cine transgresor recuperado del olvido

Los multicines Broadway, además de contener el photocall más contrastado del festival, fueron la sede más bulliciosa de la edición. No ya por su aforo total, sí por acoger una variopinta oferta de proyecciones de secciones diversas en cinco de sus salas. Eso sí, aunque con algunos horarios muy cercanos, con una ejemplar organización en la entrada. Personalmente este año saboreé allí las excelencias de un ciclo creado en la pasada edición, de loable finalidad: Memoria y utopía, protagonizado por títulos que se quedaron en los márgenes de la historia; ya por razones de censura política, ya por motivos económicos, pero también por contener tramas transgresoras, fuera de las convenciones de su época. De este modo, se proyectaron títulos inéditos en España, en copias restauradas o digitalizadas recientemente.

Desde luego, mis dos elecciones de sus diez títulos ofertados encajaban perfectamente en ese «otro cine» apartado de los cánones  argumentales o estéticos. 

La negra Angustias parece un filme increíble en su año de producción, 1949, narrando la trama de una mujer que llega a ser coronela de la Revolución mexicana huyendo de la marginación a la que le someten en su pueblo por su condición de mujer, huérfana, mulata y analfabeta; y ante todo, por no querer ceder a las aspiraciones maritales y sexuales de los hombres del lugar. Que, siguiendo la estela de su padre (un bandido justiciero), lidere una tropa de entusiastas zapatistas, no resulta tan sorprendente como la mezcla de tonos que se suceden en la trama: desde el drama desaforado (en su primera parte), la acción y épica de la lucha, el humor (sobre todo en el seguidor incondicional de la protagonista, una suerte de cruce entre Sancho Panza y Cantinflas), hasta unas desajustadas aspiraciones románticas que subrayan una abierta crítica clasista. 

La mexicana Matilde Landeta, tras una larga experiencia como asistente de dirección, se lanzó a dirigir proyectos más personales, con una clara vocación feminista, a través de su propia productora (hipotecando su casa ante la falta de apoyos), comenzando con dos adaptaciones de su paisano Francisco Rojas González. Así, tras Lola Casanova (1948) y su historia de acercamiento de etnias, llevó a la gran pantalla la novela, ganadora del Premio Nacional de Literatura en 1944, La negra Angustias (1949), que como su película de debut, se vio condenada al ostracismo. Vista hoy, sorprende su tremenda audacia en la composición de una protagonista femenina, tan histriónica como vulnerable según el momento, en las antípodas de las representaciones de las féminas mexicanas del momento. 

Por su parte, la directora sueca afincada en Portugal Solveig Nordlund supo trasladar de un modo tan sobrio como eficaz el universo distópico de J.G. Ballard en su adaptación de Aparelho voador a baixa altitude (Low-flying aircraft, 2002). Un futuro en el que la escasa fertilidad de las mujeres sufre el dominio estatal (organizado para sacrificar a una nueva generación humana que nace con alteraciones), lo que se erige en marco para denunciar los totalitarismos y la indiferencia de los poderosos hacia una realidad decadente. A la par, aborda la violencia institucional hacia los diferentes y cuestiones más íntimas, como los miedos ante el embarazo. Todo con una gran economía de medios, sin necesidad de efectos especiales para crear atmósferas inquietantes, con ecos de David Lynch, Kubrick y hasta del Godard de Alphaville. Porque un simple edificio semiderruido, extrañas marcas verde fluorescente o una huidiza joven de estética ciberpunk, pueden resultar más sugerentes que unos contundentes fuegos artificiales.

Entre las proyecciones especiales, ya escribí sobre la magnífica serie Los años nuevos, disponible íntegra en la actualidad en Movistar Plus+. Sin duda ninguna, incomparable la experiencia del visionado casero (con el mando a distancia y la opción de pausa en cualquier momento), con la de inmersión en la pantalla grande de la vallisoletana Sala Fundos, de tirón en dos bloques de cinco episodios cada uno. 

'La mitad de Ana'. Delicado cine intimista

Sentido y sensibilidad. La mitad de Ana me atrapó desde el inicio en el que unos ojos infantiles quedan encantados por un pequeño caballito de mar, un pez marino muy singular. Porque de miradas nuevas y de saber apreciar la especialidad de cada ser que nos rodea, más allá de la apariencia, nos habla esta película, debut en el largometraje de Marta Nieto tras las cámaras. Y si como actriz su intervención en Madre (Rodrigo Sorogoyen, 2019) marcó un punto de inflexión en su carrera, en La mitad de Ana repite personaje materno pero desde una óptica muy distante. El reto ahora no es solo asumir una doble función, como directora e intérprete, también lo es trasmitir el desconcierto de una mujer que debe resintonizarse con ella misma tras haberse alejado de su propio ser al priorizar su faceta como madre. Porque la maternidad es capaz de crear una nueva dimensión personal en la que poder perderse entre sus obligaciones y responsabilidades. El detonante de la crisis será aquí afrontar el desconcierto de algo inesperado: la exploración de identidad de Sonia-Son, de ocho años. El acompañamiento en su proceso precisará que Ana se atreva a traspasar el espejo que la aliena (recurrente metáfora en la película) y abrazar tanto el sentir de Son como, ante todo, el suyo propio. 

El corto con el que Nieto se estrenó como directora, presentado en la Seminci de 2022 y precisamente titulado Son, resultó un premeditado laboratorio de pruebas de este largo, que sabe explorar más y mejor el universo de la infancia trans, marcando el foco en los efectos en el entorno familiar. Porque en La mitad de Ana resulta todo un acierto tanto contemplar las diversas reacciones en el mundo adulto como el trabajo que ejerce al inicio Ana, vigilante en el museo Reina Sofía, frustrada laboralmente por no poder desarrollar su formación en Bellas Artes. Dicho trabajo propiciará varios de los momentos más bellos de la trama, tomando como medio un extraordinario óleo surrealista pintado por una joven artista desconocida cuando participó en el IX Salón de Otoño de Madrid de 1929. La precitada exposición Huellas y fugas, le dedicaba un espacio con esta explicación:

«Ángeles Santos pintó Un mundo en el salón de su casa cuando tenía 15 años aquí en Valladolid en 1929. El lienzo de 3×3, monumental, nació aislado de la intelectualidad del momento, pero les fascinó. El Reina Sofía le ha otorgado un espacio central en la reordenación de la colección dando valor y visibilidad a lo que durante años fue ignorado. Resaltando este ejercicio de justicia por parte del Museo, La mitad de Ana ha querido colocar el cuadro de Un mundo en el centro de la historia como herramienta de catarsis para nuestra protagonista. A través de él vemos reflejados sus miedos y dudas. Funciona como espejo de su subconsciente. A más libertad en la mirada de Ana, más infinito se hace el cuadro a sus ojos».

La mitad de Ana se estrena el próximo 10 de enero. 

'The brutalist'. Cine colosal con sabor a clásico

Da igual que The brutalist consiga o no muchos premios en el próximo año, que ya sabemos dependen de múltiples factores. Su potente combinado de epopeya y de drama de supervivencia, abarcando cinco décadas y rodada en un impecable 70 mm y formato VistaVision (que se modula al servicio de la trama), la convertirán, sin duda, en película de culto.

La propuesta de partida rezuma ambición de gran espectáculo, potenciada por su duración (215 minutos), estructurada de forma modélica en una obertura o sinfonía de apertura, dos partes principales, bajo el nombre de El enigma de la llegada (1947-1952) y El corazón de la belleza (1953-1960), y un epílogo referido a la primera Bienal de arquitectura de Venecia de 1980, con un intermedio de 15 minutos (con contador de descuento sobre una foto de familia, esencial en ese punto narrativo).

Pero igual que la arquitectura brutalista, como estilo arquitectónico aludido en el título del largometraje, puede ser vista como una expresión sin alma o muy fría si nos quedamos en su superficie minimalista más visible, este magno largo de Brady Corbet acoge en su artística apuesta formal todo un corazón palpitante: la vibrante, dura y emotiva historia de un (ficticio) artista visionario, el arquitecto judío-húngaro László Tóth, que huyendo del Holocausto nazi deberá enfrentarse al lado más oscuro del capitalismo que domina el sueño americano. La imagen que contempla de la Estatua de la Libertad del revés, a su llegada a la isla Ellis, ya dará medida de la falacia de esta seña identitaria de Estados Unidos.

Porque The brutalist, con ese plano inicial de la carta en off escrita desde Hungría a László en un cuarto presidido por un gran ventanal con enorme travesaño en cruz latina (en alegoría religiosa), ya anticipa los sacrificios, renuncias y humillaciones que sufrirá tanto el artista como su familia.

El dinamismo de sus más de tres horas se erige en ejemplar, avanzando la trama sin tregua ni altibajos. Apoyados todos sus personajes por intérpretes de amplia solvencia, desde la hondura polisémica de Adrien Brody como Tóth, a la villanía grandilocuente de Guy Pearce como mecenas de ingratas sorpresas, pasando por la admirable fortaleza (frente a su fragilidad física) de Felicity Jones como Erzsébet (pilar esencial como compañera de Tóth) y la sutileza del resignado comportamiento de Raffey Cassidy como la sobrina silenciosa.

The brutalist, como todo gran cine, será analizado desde muchos puntos de vista, porque complejos son sus cimientos abordando el concepto de construcción en sí mismo: la construcción permanente de la vida (redefiniéndonos, adaptándonos…), la construcción de Norteamérica gracias a la masiva llegada inmigrante, la construcción del Estado de Israel o la construcción de la obra maestra del protagonista como síntesis de la constante pugna entre la realidad y el deseo.

Cada cual tendrá su escena o escenas favoritas, ya sea por lo conmovedoras (como la del reencuentro entre primos o la del matrimonio tras largos años) o por su potencia evocadora (como la onírica presentación de las canteras de mármol de Carrara como puertas a otra dimensión sensorial). 

En su epílogo con intención semidocumental, la redención por el arte nos dejará ese buen sabor de boca de los finales hermosos. La belleza como poder catártico. La pulsión por lo artístico como expresión que nos trasciende. El cine más grande que la vida como testimonio de que lo individual puede ser colectivo.

The brutalist se estrena el próximo 24 de enero. 

Instantes, instantáneas, huellas perdurables

Para terminar este paseo retrospectivo, diversas instantáneas como llaves de la memoria de un festival que, como todo gran festival que se precie, deja huellas memorables en la memoria cinéfila. Huellas que transforman historias ajenas, plasmadas en salas oscuras y pantallas grandes, en parte ya de tu experiencia más íntima. Y sin ningún peligro. Como un tiempo a salvo en el paraíso.

No dejemos de apreciarlo. No dejemos de alimentar el seguir asistiendo a festivales, a cines, a espacios colectivos como privilegiados lugares de ritual del séptimo arte.