Ciclo Mujeres tras las cámaras: retratos y autorretratos (I). Con Agnès Varda e Imma Merino
Mujeres tras las cámaras: retratos y autorretratos es el título del ciclo de cinefórum que se inició en Zaragoza el pasado 20 de septiembre. Organizado por la Comunidad Aspasia, proyecto promovido por el Laboratorio de Aragón Gobierno Abierto (LAAAB), consta de tres sesiones en las que ahondar en un tipo de creación artística, el documental, que se despliega como retrato y autorretrato a la vez; y ello de la mano de las directoras Agnès Varda, Emma Tusell y Patricia Roda.

El arranque no pudo ser mejor proyectándose Los espigadores y la espigadora (2000), exponente ejemplar de la motivación del ciclo, contando con la mayor especialista de Agnès Varda en España: la profesora universitaria, escritora y periodista cultural Imma Merino, autora del libro Agnès Varda. Espigadora de realidades y de ensueños, de cuya presentación en Zaragoza en 2020 escribí aquí.
Varda es todo un referente del cine francés, del cine realizado por mujeres y del cine feminista. La Cinemateca francesa acaba de rendirle un nuevo homenaje con la exposición Viva Varda!, inaugurada este 11 de octubre y abierta en París hasta el 28 de enero de 2024. Por nuestra parte, le brindamos nuestra particular admiración con una participativa y animada sesión de cinefórum de la que seguidamente tienes su crónica.

Introducción a la proyección. Imma Merino, Agnès Varda y un documental muy revelador
Como bienvenida a la proyección, vimos el tráiler del último largometraje de Agnès Varda: Varda por Agnès, toda una clase magistral sobre su obra cinematográfica, estrenado en el Festival de cine de Berlín de 2019, a los 90 años de su autora y solo un mes antes de que falleciera (marzo). En él resuenan tres palabras clave en su vida profesional: inspiración, creación y compartir. Y tras ellas, Imma Merino nos compartió cómo nació y continuó su vínculo con Varda:

“¿Por qué Varda? Me había tocado ya mucho su película de 1985 Sans toit ni loi (Sin techo ni ley), sobre una adolescente, encarnada por Sandrine Bonnaire, que decide dar la espalda a la sociedad. Después vi algún otro título suyo. Pero lo determinante sucedió cuando, durante mi estancia en el Festival de cine de Cannes del año 2000, pude asistir a una proyección, bastante discreta, de Los espigadores y la espigadora. Como gran parte del público, aprecié que esa película contenía algo muy especial, pues tras su aparente ligereza era capaz de transmitir algo muy revelador sobre el mundo contemporáneo, algo que nos incumbía a todos: cómo frente a tanta necesidad nos encontramos con tanto despilfarro, con un consumismo desenfrenado que nos lleva a tirar muchísimas cosas. Su directora hablaba también de que, junto a personas que recogen por necesidad lo que otros desechan, existen muchas más fórmulas de espigueo, por ética o incluso como reciclaje artístico. Y Varda es capaz de pasar de un tema a otro, de una persona a otra, con una fluidez extraordinaria ligándolo todo. Lo curioso es que, más de veinte años después de su estreno, su historia conserva toda su vigencia. Por ejemplo, a mis estudiantes universitarios les proyecto escenas de la película y, como todos tiramos y recogemos en mayor o menor medida, siempre les interpela de un modo u otro. Siendo una película muy política no es nada discursiva, sin querer dar lecciones, con una puesta en escena muy Varda, dándote mucho espacio para que te pongas en el lugar de lo que te cuenta y para que pienses.
Su punto de partida fue su observación, tomándose un café en una terraza junto a su casa, de cómo, al terminar un mercado callejero, mucha gente recogía los desechos no vendidos. Dados sus conocimientos por haber estudiado Historia del Arte, enseguida lo puso en relación con un cuadro de Jean François Millet, Las espigadoras, que representa una actividad realizada fundamentalmente por mujeres pobres del mundo rural. Y de ahí articula el resto del largometraje.
La inspiración a la que se refiere en su película Varda por Agnès nos la transmite también ella con Los espigadores y la espigadora; para mí, por ejemplo, a la vez que me hablaba sobre el mundo me provocaba una resonancia muy particular en ese momento de mi vida, pues sentía que muchas cosas se me estaban desmoronando, y en Los espigadores veía que si bien hay destrucción también hay posibilidad de reconstrucción, de recuperación.
De lo que más me ha impresionado del cine de Varda es su libertad, cómo inventó sus propias reglas para ir haciendo el cine que ella quería. Como los grandes cineastas, desde sus inicios siempre estuvo transitando. En la última entrevista que le hice, publicada en mi libro sobre ella, le pregunté sobre lo sorprendente que resultaba saber que en su debut como directora, a los veinticinco años, reconocía haber visto antes únicamente diez o doce películas; en las antípodas de sus compañeros de la Nouvelle Vague, todos grandes cinéfilos e incluso críticos en Cahiers du Cinéma. Me contestó que la hizo movida por su atrevimiento. En esta ópera prima, titulada La Pointe Courte, mezclaba el documental, reflejando la vida de la pequeña localidad pesquera francesa de Sète, con una ficción sobre una pareja en crisis (Philippe Noiret y Silvia Monfort). Alain Resnais, que se encargó del montaje, dijo a Varda que le recordaba mucho a La terra trema, de Luchino Visconti, y al cine de Antonioni, pero ella no conocía esas películas.
Los espigadores y la espigadora me parece una película muy emocionante donde se contiene la esencia de Varda: su libertad, su atrevimiento, esa fluidez y tensión entre lo que es el documental y la ficción, la representación y el naturalismo. Si bien puede inicialmente calificarse como un documental muy ensayístico, también contiene muchos elementos imaginarios, ya que Varda, junto a una faceta muy seria, sabe desplegar un lado muy lúdico, con gran sentido del humor; y es que le interesaba tanto la realidad como el ensueño. Además, también se aprecia aquí su narrar desde su experiencia de mujer. En mi libro Agnès Varda. Espigadora de realidades y de ensueños, reciclaje de mi tesis doctoral Subjectivitat i autorepresentació en el cinema d’Agnès Varda, abordo cómo se plasma la subjetividad de los personajes de su cine y también la suya propia a través de las variaciones de sus películas. Varda se hace presente en su obra, por ejemplo, mediante su voz en off como narradora de lo que acontece, añadiendo reflexiones, y también introduciéndose como personaje. Si siempre había estado en su cine cómo filmar el cuerpo de la mujer, Los espigadores y la espigadora añade el cómo filma su propio cuerpo. Así, en la película vemos claramente los retratos de gente muy diversa, con el nexo común de recoger cosas, y su propio autorretrato con más de setenta años.
Y entre lo que más me asombró en su estreno en el año 2000, fue ver cómo en un tiempo en que se empezaban a usar las cámaras digitales como tecnología de efectos, ella les supo sacar un gran partido en un doble sentido: por un lado, en el económico, abaratando costes, dado que siempre buscaba crear películas baratas que preservaran su libertad e independencia como cineasta; por otro lado, siendo que siempre le interesaron mucho los otros, la pequeñez de estas cámaras le facilitó acercarse a ellos de forma mucho menos intimidatoria, y además, sin intermediarios, le permitieron el autofilmarse».


Coloquio: recuerdos, impresiones y patatas-corazón
Tras la proyección en VOSE de Los espigadores y la espigadora, vino un animado coloquio.
Pepe Laporta, una de las mejores memorias cinéfilas aragonesas, miembro fundador de la Tertulia Cinematográfica Perdiguer, inició las intervenciones recordando que en 2001 comenzó en Zaragoza el Festival Cinefrancia, que duró seis años, desde 2001 a 2006. Durante su tercera edición, el festival rindió homenaje a Agnès Varda y le otorgó su mayor distinción: el Premio Ángel de Honor. La citada tertulia hizo de “telonera” de la cineasta, hablando sobre ella en el programa de Javier Tolentino de Radio 3 El séptimo vicio, antes de que este la entrevistara. En esa edición de 2003 se proyectaron 5 cortometrajes y 13 largometrajes suyos, entre ellos, Los espigadores y la espigadora… dos años después, su último trabajo hasta esa fecha, todavía no estrenado en España.

Gran parte del público asistente reconoció que no había visto antes la película, lo que propició un interesante intercambio de primeras impresiones. Así, Concha compartió cómo le había encantado la dignidad y el respeto con la que quedaban retratadas todas las personas. A lo que Imma replicó cómo Varda, a diferencia de otros cineastas que se centran en la miseria o precariedad de sus retratados, no la omite, si bien aborda a sus entrevistados yendo mucho más allá de la imagen tópica, buscando el mostrar la complejidad humana. A este respecto, Imma subrayó el talante inclusivo de la directora, que prefería centrarse en personas de extracción popular. De hecho, decía que la burguesía no le interesaba ni para criticarla. Por eso, al igual que dedica atención a las patatas que se tiran por no considerarlas comercializables, la película se focaliza sobre personas poco filmadas por aquel entonces, mostrándolas de una forma muy alejada de los clichés.

Sobre el concepto de autorretrato, Imma Merino advirtió que al ponerte ante una cámara ya surge la representación. Por eso Varda, al incorporarse a sus películas, se convierte en un personaje. Esto se aprecia especialmente en una película posterior a la proyectada: Las playas de Agnès, que es una autobiografía (donde, por supuesto, también hay una construcción) en la que, entre otros temas, trata sobre qué recordamos y sobre qué queremos exponer a los demás. En el inicio de este filme, rueda en una playa con una instalación artística compuesta por un montón de espejos, un elemento muy vinculado al autorretrato.
María destacó que, no conociendo hasta entonces el cine de Varda, le había sorprendido su gran sentido de humor, preguntándose, dada la fluidez de concatenaciones diversas del relato, por cuánto había de improvisación en su narración y cuánto de planificado en un guion previo. Sobre ese proceso de construcción, Imma respondió aludiendo a cómo Varda supo incorporar con gran inteligencia el elemento del azar. Un ejemplo: iniciando la historia con el famoso cuadro Las espigadoras, de Millet, expuesto en el museo d’Orsay en París, la concluye con otro cuadro, Espigadoras huyendo antes de la tormenta, de Pierre Edmond Hédouin, que ella promueve sacar del almacén (donde nadie podía apreciarlo) del museo Villefranche al exterior para verlo mejor; en ese momento, lo agita una fuerte racha de viento, lo que mantiene en la filmación regalándonos un gran final. No estaba planificado, pero fue aprovechado. Ello implica la gran atención que debes prestar a lo que sucede por azar. La directora parte de ideas muy potentes y las enriquece con lo que acontece por el camino; construye la película con lo que va recogiendo durante su ejecución.

Imma Merino aportó otro ilustrativo ejemplo del largometraje recién visto: cuando grabando un campo con patatas desdeñadas, Varda descubre algunas con forma de corazón, cuyo simbolismo sabe, enseguida, incluir en su historia. Después, en París, en el proceso de montaje dará forma definitiva a todo lo rodado, poniendo orden en lo azaroso.
No faltó tampoco una intervención en la que se destacó el viaje a Japón de Varda reflejado en la película, donde su autora subraya la importancia de los recuerdos que se trae del país nipón, tanto los físicos como, ante todo, los vividos que no tienen cabida en la maleta, que conforman esas experiencias que nos acompañarán de por vida. Aludido fue también el emblemático reloj sin agujas que Varda recupera de la calle. Y aunque nuestro tiempo de coloquio sí tenía agujas que marcaban su final, lo que ya nos llevamos para siempre fue la experiencia inmaterial de haber disfrutado de la creatividad de Agnès Varda y de la sabiduría de Imma Merino sobre ella.
Si hubiéramos conseguido patatas en forma de corazón las hubiéramos repartido al final del coloquio en homenaje al espíritu vardiano. En su defecto, decidimos tomar una foto coral con diversos carteles de la película y los fotogramas de la creadora francesa como retratista con su cámara y como autorretratada espigadora. Una forma de tenerla entre nosotras, espigadora incansable que sigue inspirándonos.

Todas las fotos de la sesión son cortesía de Pilar Irene Montes (Pimontes, @piillmontes) y Ángel López (@alopezca).
No te pierdas la lectura de La libertad está en el atrevimiento: crónica del cinefórum de Los Espigadores y la espigadora, publicada en el blog del LAAAB, que incluye el PowerPoint que preparé para la sesión.
Por supuesto, te esperamos en la II sesión del ciclo, el miércoles 18 de octubre a las 17:30 horas en la sede del LAAAB, en la que se proyectará Video Blues, con la presencia de su directora Emma Tusell y de su coguionista Laura Sipán.
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